Harry Potter, el joven mago creado por J.K. Rowling, vive en el Nº 4 de Privet Drive, en Little Whinging, un suburbio al suroeste de Londres. Asesinados sus padres por Lord Voldemort, el más siniestro de los seres mágicos durante la última rebelión que él mismo encabezó, debió ser adoptado a regañadientes por la familia de su tía materna. Fue recluido a vivir en un desván, hasta que a los 11 años descubrió su identidad de mago y comenzó a estudiar en Hogwarts. En este colegio conoció amigos, aventuras, una pequeña fortuna heredada de sus padres y un mundo distinto que le hizo renegar de Privet Drive y su parentela, el único lugar que al final de cuentas, podía brindarle protección de las fuerzas malignas.
Quienes siguieron la saga de Potter saben de su juvenil rebeldía a las normas impuestas, su predilección por rodearse de personajes discriminados, débiles y estrafalarios. Su rechazo a la popularidad, ganada a punta de ser el único sobreviviente a los ataques del Señor Maligno, y a los beneficios y riquezas que la élite mágica le propuso una y otra vez para enfundarlo en sus cuotas de poder.
A todo eso Harry Potter dijo no. Prefería una tarde en La Madriguera, la casa de los empobrecidos Weasley que codearse con los “sangre pura” Malfoy; disfrutaba más en la cabaña de Hagrid, el guardabosques del colegio Hogwarts que las permanentes insinuaciones del Ministerio de la Magia para sumarse a las filas que combatían el mismo mal que mató a sus padres. Teniendo el acceso fácil a las cúpulas del poder, no sólo renegó de ellas, sino que a contrapelo las fustigó una y otra vez. Pudiendo disfrutar de su fama congénita, eligió el rechazo, la incomprensión y el camino difícil.
Me pregunto entonces ¿es Harry Potter un abajista?
Y todos íbamos a ser abajistas
Una de las primeras utilizaciones del concepto “abajista” que registra internet, data del domingo 25 de febrero de 2007 y proviene del periódico “La Nación”. El artículo, titulado “Desclasados con orgullo y a pata pelá”, postula que el abajismo es la contracara del arribismo.
Los clasifica como hijos de empresarios y profesionales exitosos, adinerados, provenientes de colegios con nombre de santo inglés, pero que por alguna razón reniegan de su estirpe y prefieren relacionarse al poniente de la Plaza Italia.
Caracterizados como amantes del vino en caja y de la cerveza en pitcher, ni muertos entran a un mall. Se compran la ropa en el lugar más barato que encuentran y su circuito dista de sus cercanas Plaza San Enrique y Av. Vitacura. Por el contrario, se desplazan por Av. Brasil, el barrio República, Pío Nono y el Campus Oriente de la Universidad Católica parece ser uno de sus epicentros, según la redactora del artículo.
Pero fue sin duda el libro del periodista Óscar Contardo, “Siútico Arribismo, Abajismo y Vida Social en Chile”, publicado en 2008, el que catapultó con mayor fuerza el concepto a la superficie de nuestra mediatizada sociedad chilena.
En el último capítulo de su libro, Contardo desarrolla en algunas páginas el devenir histórico del abajismo, al que define como una idea parecida al turismo de clase o de extrema empatía de clase, observado en Chile a partir del siglo XIX.
Sirve explicar que el turismo de clase o “slumming” era una antigua costumbre de la burguesía inglesa victoriana, que consistía en realizar paseos a los barrios donde vivía la clase obrera.
Pues bien, Contardo plantea que este “turismo de clase a la chilena” ha tenido diversos exponentes y variopintas corrientes según el período histórico del que se trate. Y así, si bien el inicio del abajismo chileno se relaciona con aristócratas del siglo XIX que en actos individuales y a su manera, deciden relacionarse con el mediopelo criollo, ya sea reconociendo en ellos el surgimiento de una nueva literatura o bien en la búsqueda de una identidad conflictuada; irrumpe luego en el ámbito político, revolucionario, cultural y hasta religioso.
Tenemos entonces que bajo la mirada de Contardo, los “abajistas” han estado siempre presentes en la historia republicana de este país. Pues en su medida y en parte de sus acciones, personajes tan disímiles entre sí como Salvador Allende, Alberto Hurtado, Eugenio Matte Hurtado, Gabriel Valdés, Andrés Wood, Miguel Enríquez, Patricio Fernández Chadwick y hasta Ernesto “Che” Guevara, podrían ser considerados como exponentes del “abajismo”. Consignemos que muchos de estos nombres están relacionados al pensamiento de izquierda, pero Contardo pone el énfasis en el abajista cuando lo define como el sujeto “que procura sacudirse de la comodidad en que nació y traspasar las fronteras que lo mantienen a salvo de las perturbaciones de un mundo distinto”.1
Y si la pregunta que sustenta este texto es si el abajismo es una práctica contracultural, a la luz de lo sostenido por Contardo, la respuesta me resulta al menos, dudosa. Porque este sacudirse el mundo que te rodea, tiene más de individual que de colectivo; porque más que contracultura huele a la sumatoria de muchas micropolíticas personales, ajustadas a la indefinición de un neologismo criollo, apurado y deseoso por encasillar y categorizar los estilos de vida de este país. Porque hoy día no basta con ser chileno o chilena, niño, adolescente, joven, adulto o anciano. Hay que ser conservador, progresista, alternativo, apolítico o anarquista. Aspiracional, arribista, cuico, flaite o abajista. Pokemon, visual, pelolais, emo o hiphopero. Hay que ser algo más, pertenecer a alguna parte, ser referente en otro, agruparse en forma natural o a la fuerza, reconocerse en una tipología. Sólo así estás a salvo de convertirte en un outsider social, que por lo demás, es la categoría donde van a parar todos los que no se pueden encasillar en otra parte.
Visto así, todo el que quiera sacudirse la comodidad en la que nació puede ser un “abajista”, incluso Harry Potter. Porqué no, si también lo son, según Contardo, los chicos del barrio oriente que van a La Piojera a observar el “mundo popular”, o el Rumpi y Manu Chao, según el artículo de La Nación. En esta generosa categoría entonces, me permito agregar a Teresa de Los Andes, Gandhi y Eduardo VIII, y si estiramos aún más el concepto hasta habría espacio para Sebastián Piñera y la socialité Julita Astaburuaga.
Redentores del Barrio Oriente
Si la contracultura es una ofensiva contra la cultura oficial que permanece, al menos temporalmente, al margen del mercado y los medios de comunicación, quizás el reciente concepto de “abajista” debiese ser redefinido.
Porque si así como las leyes sólo pueden ser acatadas a partir del momento en que son promulgadas, me parece que las tipologías sociales – o algunas de ellas como la de esta cuestión - deben aplicarse sólo a quienes voluntariamente se circunscriben o reconocen en ellas. Permítanme al menos dudar de la respuesta de Salvador Allende, Che Guevara y Alberto Hurtado a la interrogante de si se considerarían o no abajistas, después de caracterizarles la categoría y sus adeptos.
Digo esto porque creo que hay un engolosinamiento con esto del abajismo. Y es que a mi juicio encierra algo de poder redencionista y mesiánico hacia las clases acomodadas de esta ciudad. Y digo ciudad porque no sé cuánto de abajismo se dará en regiones.
Redencionista y mesiánico porque le otorga a quien es tildado de abajista, un halo de renuncia y desapego material casi incuestionable. Una superioridad moral respecto de sus pares que no es otorgada por ellos, sino por quienes agradecidos y acogedores los reciben de Plaza Italia para abajo. Porque de Baquedano y su caballo hacia el poniente, y casi creo que por estos tiempos la frontera está más hacia la cordillera, la vida real ocurre. Es aquí donde se sufre, se llora y las comodidades cuestan.
Entonces quien renuncia al bienestar innato y se acerca a estos parajes para conocer la vida es más honorable, mejor persona y más creíble que el que decidió quedarse allá arriba. Porque estudia o trabaja en el centro, se toma un trago y carretea en la Av. Brasil, Bellavista o el Barrio República. Porque en el verano hace misiones en alguna comuna pobre o en Navidad les lleva regalos a los niños desposeídos. Es eso lo que hace que un abajista despierte admiración. Que vaya a la casa de un nuevo amigo en Puente Alto o Macul, renegando de sus compañeros de colegio de Las Condes, Lo Barnechea o Vitacura. Qué mesiánico. Me pregunto que pasaría si el abajista fuera más allá de la incursión semanal al centro y se radicara en Renca, Cerro Navia o Pudahuel.
Hay demasiadas esperanzas en el abajismo. A diferencia de otras tribus, grupos, movimientos o cómo quieran clasificarlos, de los abajistas se espera más. Se les dota de conciencia social, del poder de cambio, de una visión más amplia. Basta con recordar a quienes han sido catalogados como abajistas, sólo a partir de una cuna acomodada y el posterior impacto social de sus acciones.
Abajistas del día a día
“Yo no tengo, ni nadie tiene la culpa de haber nacido en una familia con plata, pero sí creo que implica una gran responsabilidad, ya que me facilita muchas cosas y me da la posibilidad de cambiar las cosas desde una posición privilegiada. No puedo hacerme la tonta con eso, si lo hiciera pasaría a ser cómplice”.2
La frase corresponde a María Ignacia, una de las entrevistadas por La Nación el año 2007 a propósito de la nueva tendencia del abajismo, y por ese entonces, estudiante en el campus Oriente de la Universidad Católica, aparente semillero de esta tribu urbana.
Sus afirmaciones contienen un deseo de querer ser. Una búsqueda de identidad a partir de una realidad que le incomoda, Un ir en contra de su entorno cultural, porque siente que es su responsabilidad hacerlo. Y cómo ella, hay otros que piensan lo mismo.
Parece ser que es la vida universitaria la que gatilla esta apertura en ciertos individuos. Se identifican entre sí en virtud de sus historias comunes, sus proyectos de vida y sus culpas personales.
Porque algo de culposos tienen estos chicos que se clasifican como “abajistas”. A mi gusto los verdaderos abajistas. Su postura crítica es contra la realidad que les toca vivir y a partir de eso diseñan su esquema de lucha contracultural. Si sus pares se visten en el mall, ellos compran en Bandera, si les ofrecen un auto, prefieren la bicicleta o la micro. Si les pagan la carrera al contado, se buscan algún trabajo de medio tiempo en un bar o un restaurant. Rechazan el queso brie, no por temor a la listeriosis, sino porque sienten que son más auténticos si se comen una sopaipilla con mostaza en el carrito de la esquina.
Las contiendas contra su sistema son del día a día y ocurren en el marco de sus vivencias habituales; aunque por la noche deban volver a dormir en su mullida cama del barrio oriente. Si se quiere determinar su práctica contracultural, creo que es esta la actitud que la define.
Cuántos de estos abajistas persistirán en sus ideales con el paso del tiempo y se conviertan en protagonistas de cambios sociales, es una respuesta que desconocemos. Porque de todas formas ser abajista con mesada y gastos pagados es más fácil que serlo sin el apoyo económico de los padres.
Así las cosas creo que el abajismo como fenómeno de clase es tan contemporáneo, joven y en formación como son los pokemones o incluso los “estudiantes de las universidades cota mil”, término acuñado por el sacerdote Felipe Berríos que tanto escozor causó meses atrás en la misma comunidad que vio nacer a los abajistas.
No me parece justo para estos abajistas, como tampoco para los que no lo son, ampliar y utilizar a destajo el concepto. Como tampoco me parece acertado suponer que gran parte de los cambios, las revoluciones y los fenómenos sociales de las últimas décadas requieran de una buena cuna como antecedente indispensable.
Eso es endiosar a unos y deslegitimar a otros. Suponer que siempre se necesitará a uno de Plaza Italia para arriba, para que los que viven más abajo accedan a una mejor condición.
Creo que Harry Potter es un abajista como la que compone esta nueva cepa universitaria. A punta de micropolítica construyó su propia práctica contracultural. En su caso claro, terminó cambiando el orden de su mundo. Pero dudo que eso haya sido por ser “abajista”, prefiero pensar que fue el destino y la consecuencia de sus actos.
Patricio Madrid Chandía
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Quienes siguieron la saga de Potter saben de su juvenil rebeldía a las normas impuestas, su predilección por rodearse de personajes discriminados, débiles y estrafalarios. Su rechazo a la popularidad, ganada a punta de ser el único sobreviviente a los ataques del Señor Maligno, y a los beneficios y riquezas que la élite mágica le propuso una y otra vez para enfundarlo en sus cuotas de poder.
A todo eso Harry Potter dijo no. Prefería una tarde en La Madriguera, la casa de los empobrecidos Weasley que codearse con los “sangre pura” Malfoy; disfrutaba más en la cabaña de Hagrid, el guardabosques del colegio Hogwarts que las permanentes insinuaciones del Ministerio de la Magia para sumarse a las filas que combatían el mismo mal que mató a sus padres. Teniendo el acceso fácil a las cúpulas del poder, no sólo renegó de ellas, sino que a contrapelo las fustigó una y otra vez. Pudiendo disfrutar de su fama congénita, eligió el rechazo, la incomprensión y el camino difícil.
Me pregunto entonces ¿es Harry Potter un abajista?
Y todos íbamos a ser abajistas
Una de las primeras utilizaciones del concepto “abajista” que registra internet, data del domingo 25 de febrero de 2007 y proviene del periódico “La Nación”. El artículo, titulado “Desclasados con orgullo y a pata pelá”, postula que el abajismo es la contracara del arribismo.
Los clasifica como hijos de empresarios y profesionales exitosos, adinerados, provenientes de colegios con nombre de santo inglés, pero que por alguna razón reniegan de su estirpe y prefieren relacionarse al poniente de la Plaza Italia.
Caracterizados como amantes del vino en caja y de la cerveza en pitcher, ni muertos entran a un mall. Se compran la ropa en el lugar más barato que encuentran y su circuito dista de sus cercanas Plaza San Enrique y Av. Vitacura. Por el contrario, se desplazan por Av. Brasil, el barrio República, Pío Nono y el Campus Oriente de la Universidad Católica parece ser uno de sus epicentros, según la redactora del artículo.
Pero fue sin duda el libro del periodista Óscar Contardo, “Siútico Arribismo, Abajismo y Vida Social en Chile”, publicado en 2008, el que catapultó con mayor fuerza el concepto a la superficie de nuestra mediatizada sociedad chilena.
En el último capítulo de su libro, Contardo desarrolla en algunas páginas el devenir histórico del abajismo, al que define como una idea parecida al turismo de clase o de extrema empatía de clase, observado en Chile a partir del siglo XIX.
Sirve explicar que el turismo de clase o “slumming” era una antigua costumbre de la burguesía inglesa victoriana, que consistía en realizar paseos a los barrios donde vivía la clase obrera.
Pues bien, Contardo plantea que este “turismo de clase a la chilena” ha tenido diversos exponentes y variopintas corrientes según el período histórico del que se trate. Y así, si bien el inicio del abajismo chileno se relaciona con aristócratas del siglo XIX que en actos individuales y a su manera, deciden relacionarse con el mediopelo criollo, ya sea reconociendo en ellos el surgimiento de una nueva literatura o bien en la búsqueda de una identidad conflictuada; irrumpe luego en el ámbito político, revolucionario, cultural y hasta religioso.
Tenemos entonces que bajo la mirada de Contardo, los “abajistas” han estado siempre presentes en la historia republicana de este país. Pues en su medida y en parte de sus acciones, personajes tan disímiles entre sí como Salvador Allende, Alberto Hurtado, Eugenio Matte Hurtado, Gabriel Valdés, Andrés Wood, Miguel Enríquez, Patricio Fernández Chadwick y hasta Ernesto “Che” Guevara, podrían ser considerados como exponentes del “abajismo”. Consignemos que muchos de estos nombres están relacionados al pensamiento de izquierda, pero Contardo pone el énfasis en el abajista cuando lo define como el sujeto “que procura sacudirse de la comodidad en que nació y traspasar las fronteras que lo mantienen a salvo de las perturbaciones de un mundo distinto”.1
Y si la pregunta que sustenta este texto es si el abajismo es una práctica contracultural, a la luz de lo sostenido por Contardo, la respuesta me resulta al menos, dudosa. Porque este sacudirse el mundo que te rodea, tiene más de individual que de colectivo; porque más que contracultura huele a la sumatoria de muchas micropolíticas personales, ajustadas a la indefinición de un neologismo criollo, apurado y deseoso por encasillar y categorizar los estilos de vida de este país. Porque hoy día no basta con ser chileno o chilena, niño, adolescente, joven, adulto o anciano. Hay que ser conservador, progresista, alternativo, apolítico o anarquista. Aspiracional, arribista, cuico, flaite o abajista. Pokemon, visual, pelolais, emo o hiphopero. Hay que ser algo más, pertenecer a alguna parte, ser referente en otro, agruparse en forma natural o a la fuerza, reconocerse en una tipología. Sólo así estás a salvo de convertirte en un outsider social, que por lo demás, es la categoría donde van a parar todos los que no se pueden encasillar en otra parte.
Visto así, todo el que quiera sacudirse la comodidad en la que nació puede ser un “abajista”, incluso Harry Potter. Porqué no, si también lo son, según Contardo, los chicos del barrio oriente que van a La Piojera a observar el “mundo popular”, o el Rumpi y Manu Chao, según el artículo de La Nación. En esta generosa categoría entonces, me permito agregar a Teresa de Los Andes, Gandhi y Eduardo VIII, y si estiramos aún más el concepto hasta habría espacio para Sebastián Piñera y la socialité Julita Astaburuaga.
Redentores del Barrio Oriente
Si la contracultura es una ofensiva contra la cultura oficial que permanece, al menos temporalmente, al margen del mercado y los medios de comunicación, quizás el reciente concepto de “abajista” debiese ser redefinido.
Porque si así como las leyes sólo pueden ser acatadas a partir del momento en que son promulgadas, me parece que las tipologías sociales – o algunas de ellas como la de esta cuestión - deben aplicarse sólo a quienes voluntariamente se circunscriben o reconocen en ellas. Permítanme al menos dudar de la respuesta de Salvador Allende, Che Guevara y Alberto Hurtado a la interrogante de si se considerarían o no abajistas, después de caracterizarles la categoría y sus adeptos.
Digo esto porque creo que hay un engolosinamiento con esto del abajismo. Y es que a mi juicio encierra algo de poder redencionista y mesiánico hacia las clases acomodadas de esta ciudad. Y digo ciudad porque no sé cuánto de abajismo se dará en regiones.
Redencionista y mesiánico porque le otorga a quien es tildado de abajista, un halo de renuncia y desapego material casi incuestionable. Una superioridad moral respecto de sus pares que no es otorgada por ellos, sino por quienes agradecidos y acogedores los reciben de Plaza Italia para abajo. Porque de Baquedano y su caballo hacia el poniente, y casi creo que por estos tiempos la frontera está más hacia la cordillera, la vida real ocurre. Es aquí donde se sufre, se llora y las comodidades cuestan.
Entonces quien renuncia al bienestar innato y se acerca a estos parajes para conocer la vida es más honorable, mejor persona y más creíble que el que decidió quedarse allá arriba. Porque estudia o trabaja en el centro, se toma un trago y carretea en la Av. Brasil, Bellavista o el Barrio República. Porque en el verano hace misiones en alguna comuna pobre o en Navidad les lleva regalos a los niños desposeídos. Es eso lo que hace que un abajista despierte admiración. Que vaya a la casa de un nuevo amigo en Puente Alto o Macul, renegando de sus compañeros de colegio de Las Condes, Lo Barnechea o Vitacura. Qué mesiánico. Me pregunto que pasaría si el abajista fuera más allá de la incursión semanal al centro y se radicara en Renca, Cerro Navia o Pudahuel.
Hay demasiadas esperanzas en el abajismo. A diferencia de otras tribus, grupos, movimientos o cómo quieran clasificarlos, de los abajistas se espera más. Se les dota de conciencia social, del poder de cambio, de una visión más amplia. Basta con recordar a quienes han sido catalogados como abajistas, sólo a partir de una cuna acomodada y el posterior impacto social de sus acciones.
Abajistas del día a día
“Yo no tengo, ni nadie tiene la culpa de haber nacido en una familia con plata, pero sí creo que implica una gran responsabilidad, ya que me facilita muchas cosas y me da la posibilidad de cambiar las cosas desde una posición privilegiada. No puedo hacerme la tonta con eso, si lo hiciera pasaría a ser cómplice”.2
La frase corresponde a María Ignacia, una de las entrevistadas por La Nación el año 2007 a propósito de la nueva tendencia del abajismo, y por ese entonces, estudiante en el campus Oriente de la Universidad Católica, aparente semillero de esta tribu urbana.
Sus afirmaciones contienen un deseo de querer ser. Una búsqueda de identidad a partir de una realidad que le incomoda, Un ir en contra de su entorno cultural, porque siente que es su responsabilidad hacerlo. Y cómo ella, hay otros que piensan lo mismo.
Parece ser que es la vida universitaria la que gatilla esta apertura en ciertos individuos. Se identifican entre sí en virtud de sus historias comunes, sus proyectos de vida y sus culpas personales.
Porque algo de culposos tienen estos chicos que se clasifican como “abajistas”. A mi gusto los verdaderos abajistas. Su postura crítica es contra la realidad que les toca vivir y a partir de eso diseñan su esquema de lucha contracultural. Si sus pares se visten en el mall, ellos compran en Bandera, si les ofrecen un auto, prefieren la bicicleta o la micro. Si les pagan la carrera al contado, se buscan algún trabajo de medio tiempo en un bar o un restaurant. Rechazan el queso brie, no por temor a la listeriosis, sino porque sienten que son más auténticos si se comen una sopaipilla con mostaza en el carrito de la esquina.
Las contiendas contra su sistema son del día a día y ocurren en el marco de sus vivencias habituales; aunque por la noche deban volver a dormir en su mullida cama del barrio oriente. Si se quiere determinar su práctica contracultural, creo que es esta la actitud que la define.
Cuántos de estos abajistas persistirán en sus ideales con el paso del tiempo y se conviertan en protagonistas de cambios sociales, es una respuesta que desconocemos. Porque de todas formas ser abajista con mesada y gastos pagados es más fácil que serlo sin el apoyo económico de los padres.
Así las cosas creo que el abajismo como fenómeno de clase es tan contemporáneo, joven y en formación como son los pokemones o incluso los “estudiantes de las universidades cota mil”, término acuñado por el sacerdote Felipe Berríos que tanto escozor causó meses atrás en la misma comunidad que vio nacer a los abajistas.
No me parece justo para estos abajistas, como tampoco para los que no lo son, ampliar y utilizar a destajo el concepto. Como tampoco me parece acertado suponer que gran parte de los cambios, las revoluciones y los fenómenos sociales de las últimas décadas requieran de una buena cuna como antecedente indispensable.
Eso es endiosar a unos y deslegitimar a otros. Suponer que siempre se necesitará a uno de Plaza Italia para arriba, para que los que viven más abajo accedan a una mejor condición.
Creo que Harry Potter es un abajista como la que compone esta nueva cepa universitaria. A punta de micropolítica construyó su propia práctica contracultural. En su caso claro, terminó cambiando el orden de su mundo. Pero dudo que eso haya sido por ser “abajista”, prefiero pensar que fue el destino y la consecuencia de sus actos.
Patricio Madrid Chandía