martes, 30 de junio de 2009

Abajismo, ¿Práctica Contracultural?

Harry Potter, el joven mago creado por J.K. Rowling, vive en el Nº 4 de Privet Drive, en Little Whinging, un suburbio al suroeste de Londres. Asesinados sus padres por Lord Voldemort, el más siniestro de los seres mágicos durante la última rebelión que él mismo encabezó, debió ser adoptado a regañadientes por la familia de su tía materna. Fue recluido a vivir en un desván, hasta que a los 11 años descubrió su identidad de mago y comenzó a estudiar en Hogwarts. En este colegio conoció amigos, aventuras, una pequeña fortuna heredada de sus padres y un mundo distinto que le hizo renegar de Privet Drive y su parentela, el único lugar que al final de cuentas, podía brindarle protección de las fuerzas malignas.

Quienes siguieron la saga de Potter saben de su juvenil rebeldía a las normas impuestas, su predilección por rodearse de personajes discriminados, débiles y estrafalarios. Su rechazo a la popularidad, ganada a punta de ser el único sobreviviente a los ataques del Señor Maligno, y a los beneficios y riquezas que la élite mágica le propuso una y otra vez para enfundarlo en sus cuotas de poder.

A todo eso Harry Potter dijo no. Prefería una tarde en La Madriguera, la casa de los empobrecidos Weasley que codearse con los “sangre pura” Malfoy; disfrutaba más en la cabaña de Hagrid, el guardabosques del colegio Hogwarts que las permanentes insinuaciones del Ministerio de la Magia para sumarse a las filas que combatían el mismo mal que mató a sus padres. Teniendo el acceso fácil a las cúpulas del poder, no sólo renegó de ellas, sino que a contrapelo las fustigó una y otra vez. Pudiendo disfrutar de su fama congénita, eligió el rechazo, la incomprensión y el camino difícil.

Me pregunto entonces ¿es Harry Potter un abajista?








Y todos íbamos a ser abajistas

Una de las primeras utilizaciones del concepto “abajista” que registra internet, data del domingo 25 de febrero de 2007 y proviene del periódico “La Nación”. El artículo, titulado “Desclasados con orgullo y a pata pelá”, postula que el abajismo es la contracara del arribismo.

Los clasifica como hijos de empresarios y profesionales exitosos, adinerados, provenientes de colegios con nombre de santo inglés, pero que por alguna razón reniegan de su estirpe y prefieren relacionarse al poniente de la Plaza Italia.

Caracterizados como amantes del vino en caja y de la cerveza en pitcher, ni muertos entran a un mall. Se compran la ropa en el lugar más barato que encuentran y su circuito dista de sus cercanas Plaza San Enrique y Av. Vitacura. Por el contrario, se desplazan por Av. Brasil, el barrio República, Pío Nono y el Campus Oriente de la Universidad Católica parece ser uno de sus epicentros, según la redactora del artículo.

Pero fue sin duda el libro del periodista Óscar Contardo, “Siútico Arribismo, Abajismo y Vida Social en Chile”, publicado en 2008, el que catapultó con mayor fuerza el concepto a la superficie de nuestra mediatizada sociedad chilena.

En el último capítulo de su libro, Contardo desarrolla en algunas páginas el devenir histórico del abajismo, al que define como una idea parecida al turismo de clase o de extrema empatía de clase, observado en Chile a partir del siglo XIX.

Sirve explicar que el turismo de clase o “slumming” era una antigua costumbre de la burguesía inglesa victoriana, que consistía en realizar paseos a los barrios donde vivía la clase obrera.

Pues bien, Contardo plantea que este “turismo de clase a la chilena” ha tenido diversos exponentes y variopintas corrientes según el período histórico del que se trate. Y así, si bien el inicio del abajismo chileno se relaciona con aristócratas del siglo XIX que en actos individuales y a su manera, deciden relacionarse con el mediopelo criollo, ya sea reconociendo en ellos el surgimiento de una nueva literatura o bien en la búsqueda de una identidad conflictuada; irrumpe luego en el ámbito político, revolucionario, cultural y hasta religioso.

Tenemos entonces que bajo la mirada de Contardo, los “abajistas” han estado siempre presentes en la historia republicana de este país. Pues en su medida y en parte de sus acciones, personajes tan disímiles entre sí como Salvador Allende, Alberto Hurtado, Eugenio Matte Hurtado, Gabriel Valdés, Andrés Wood, Miguel Enríquez, Patricio Fernández Chadwick y hasta Ernesto “Che” Guevara, podrían ser considerados como exponentes del “abajismo”. Consignemos que muchos de estos nombres están relacionados al pensamiento de izquierda, pero Contardo pone el énfasis en el abajista cuando lo define como el sujeto “que procura sacudirse de la comodidad en que nació y traspasar las fronteras que lo mantienen a salvo de las perturbaciones de un mundo distinto”.1

Y si la pregunta que sustenta este texto es si el abajismo es una práctica contracultural, a la luz de lo sostenido por Contardo, la respuesta me resulta al menos, dudosa. Porque este sacudirse el mundo que te rodea, tiene más de individual que de colectivo; porque más que contracultura huele a la sumatoria de muchas micropolíticas personales, ajustadas a la indefinición de un neologismo criollo, apurado y deseoso por encasillar y categorizar los estilos de vida de este país. Porque hoy día no basta con ser chileno o chilena, niño, adolescente, joven, adulto o anciano. Hay que ser conservador, progresista, alternativo, apolítico o anarquista. Aspiracional, arribista, cuico, flaite o abajista. Pokemon, visual, pelolais, emo o hiphopero. Hay que ser algo más, pertenecer a alguna parte, ser referente en otro, agruparse en forma natural o a la fuerza, reconocerse en una tipología. Sólo así estás a salvo de convertirte en un outsider social, que por lo demás, es la categoría donde van a parar todos los que no se pueden encasillar en otra parte.

Visto así, todo el que quiera sacudirse la comodidad en la que nació puede ser un “abajista”, incluso Harry Potter. Porqué no, si también lo son, según Contardo, los chicos del barrio oriente que van a La Piojera a observar el “mundo popular”, o el Rumpi y Manu Chao, según el artículo de La Nación. En esta generosa categoría entonces, me permito agregar a Teresa de Los Andes, Gandhi y Eduardo VIII, y si estiramos aún más el concepto hasta habría espacio para Sebastián Piñera y la socialité Julita Astaburuaga.

Redentores del Barrio Oriente

Si la contracultura es una ofensiva contra la cultura oficial que permanece, al menos temporalmente, al margen del mercado y los medios de comunicación, quizás el reciente concepto de “abajista” debiese ser redefinido.

Porque si así como las leyes sólo pueden ser acatadas a partir del momento en que son promulgadas, me parece que las tipologías sociales – o algunas de ellas como la de esta cuestión - deben aplicarse sólo a quienes voluntariamente se circunscriben o reconocen en ellas. Permítanme al menos dudar de la respuesta de Salvador Allende, Che Guevara y Alberto Hurtado a la interrogante de si se considerarían o no abajistas, después de caracterizarles la categoría y sus adeptos.

Digo esto porque creo que hay un engolosinamiento con esto del abajismo. Y es que a mi juicio encierra algo de poder redencionista y mesiánico hacia las clases acomodadas de esta ciudad. Y digo ciudad porque no sé cuánto de abajismo se dará en regiones.

Redencionista y mesiánico porque le otorga a quien es tildado de abajista, un halo de renuncia y desapego material casi incuestionable. Una superioridad moral respecto de sus pares que no es otorgada por ellos, sino por quienes agradecidos y acogedores los reciben de Plaza Italia para abajo. Porque de Baquedano y su caballo hacia el poniente, y casi creo que por estos tiempos la frontera está más hacia la cordillera, la vida real ocurre. Es aquí donde se sufre, se llora y las comodidades cuestan.

Entonces quien renuncia al bienestar innato y se acerca a estos parajes para conocer la vida es más honorable, mejor persona y más creíble que el que decidió quedarse allá arriba. Porque estudia o trabaja en el centro, se toma un trago y carretea en la Av. Brasil, Bellavista o el Barrio República. Porque en el verano hace misiones en alguna comuna pobre o en Navidad les lleva regalos a los niños desposeídos. Es eso lo que hace que un abajista despierte admiración. Que vaya a la casa de un nuevo amigo en Puente Alto o Macul, renegando de sus compañeros de colegio de Las Condes, Lo Barnechea o Vitacura. Qué mesiánico. Me pregunto que pasaría si el abajista fuera más allá de la incursión semanal al centro y se radicara en Renca, Cerro Navia o Pudahuel.

Hay demasiadas esperanzas en el abajismo. A diferencia de otras tribus, grupos, movimientos o cómo quieran clasificarlos, de los abajistas se espera más. Se les dota de conciencia social, del poder de cambio, de una visión más amplia. Basta con recordar a quienes han sido catalogados como abajistas, sólo a partir de una cuna acomodada y el posterior impacto social de sus acciones.

Abajistas del día a día

“Yo no tengo, ni nadie tiene la culpa de haber nacido en una familia con plata, pero sí creo que implica una gran responsabilidad, ya que me facilita muchas cosas y me da la posibilidad de cambiar las cosas desde una posición privilegiada. No puedo hacerme la tonta con eso, si lo hiciera pasaría a ser cómplice”.2

La frase corresponde a María Ignacia, una de las entrevistadas por La Nación el año 2007 a propósito de la nueva tendencia del abajismo, y por ese entonces, estudiante en el campus Oriente de la Universidad Católica, aparente semillero de esta tribu urbana.

Sus afirmaciones contienen un deseo de querer ser. Una búsqueda de identidad a partir de una realidad que le incomoda, Un ir en contra de su entorno cultural, porque siente que es su responsabilidad hacerlo. Y cómo ella, hay otros que piensan lo mismo.

Parece ser que es la vida universitaria la que gatilla esta apertura en ciertos individuos. Se identifican entre sí en virtud de sus historias comunes, sus proyectos de vida y sus culpas personales.

Porque algo de culposos tienen estos chicos que se clasifican como “abajistas”. A mi gusto los verdaderos abajistas. Su postura crítica es contra la realidad que les toca vivir y a partir de eso diseñan su esquema de lucha contracultural. Si sus pares se visten en el mall, ellos compran en Bandera, si les ofrecen un auto, prefieren la bicicleta o la micro. Si les pagan la carrera al contado, se buscan algún trabajo de medio tiempo en un bar o un restaurant. Rechazan el queso brie, no por temor a la listeriosis, sino porque sienten que son más auténticos si se comen una sopaipilla con mostaza en el carrito de la esquina.

Las contiendas contra su sistema son del día a día y ocurren en el marco de sus vivencias habituales; aunque por la noche deban volver a dormir en su mullida cama del barrio oriente. Si se quiere determinar su práctica contracultural, creo que es esta la actitud que la define.

Cuántos de estos abajistas persistirán en sus ideales con el paso del tiempo y se conviertan en protagonistas de cambios sociales, es una respuesta que desconocemos. Porque de todas formas ser abajista con mesada y gastos pagados es más fácil que serlo sin el apoyo económico de los padres.

Así las cosas creo que el abajismo como fenómeno de clase es tan contemporáneo, joven y en formación como son los pokemones o incluso los “estudiantes de las universidades cota mil”, término acuñado por el sacerdote Felipe Berríos que tanto escozor causó meses atrás en la misma comunidad que vio nacer a los abajistas.

No me parece justo para estos abajistas, como tampoco para los que no lo son, ampliar y utilizar a destajo el concepto. Como tampoco me parece acertado suponer que gran parte de los cambios, las revoluciones y los fenómenos sociales de las últimas décadas requieran de una buena cuna como antecedente indispensable.

Eso es endiosar a unos y deslegitimar a otros. Suponer que siempre se necesitará a uno de Plaza Italia para arriba, para que los que viven más abajo accedan a una mejor condición.





Creo que Harry Potter es un abajista como la que compone esta nueva cepa universitaria. A punta de micropolítica construyó su propia práctica contracultural. En su caso claro, terminó cambiando el orden de su mundo. Pero dudo que eso haya sido por ser “abajista”, prefiero pensar que fue el destino y la consecuencia de sus actos.



Patricio Madrid Chandía
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¿Espacios de creación alternativos o lista de espera para entrar al sistema?

Pensar lo alternativo y su representación acotada a los medios de creación significa caracterizar un espacio, un tipo de discursividad y una relación con el entorno nuevas o al menos distintas a la establecida por los canales hegemónicos de producción. En un primer momento, también conlleva imaginar un panorama en donde priman los contrastes y mediaciones antagónicas a lo establecido por años de tradición; trincheras superdotadas de coraje y que sin necesidad de entrar en la lógica del mercado y las pautas materiales de productividad son capaces de sostener un tipo de subsistencia autónoma; un régimen de creación que obedece a normas capaces de quebrar el eje de un devenir que no es el del eterno retorno, sino que es ese que avanza como un espiral continuo y uniforme donde el modo de vida y las formas de mediación que conocemos son perpetuadas una y otra vez, incluso cuando aparecen destellos de quiebre o cambio. Cargando un optimismo absurdo podría asegurar que en Chile los espacios de creación alternativos en la prensa y en el arte funcionan según este paradigma libertario, sin embargo la historia reciente de los llamados medios alternativos de creación ubican estas líneas en una vereda poco solidaria con los portavoces de un estado del arte fecundo en nuevas actores creativos y nuevos públicos atentos, rebeldes y dispuestos a correr riegos, pero que a mi parecer están atentos al silbido del amo para retroceder y apaciguarse.



Un camino sabroso para ejemplificar la irrupción de lo “alternativo” como un término fácil de ser apropiado por la comunidad está en la historia reciente de la música popular en inglés, producida en Estados Unidos y en Europa durante los primeros años de la década de los noventa.

Al término de la Guerra Fría, el mercado discográfico del primer mundo necesitaba de un nuevo ánimo por parte de sus estrellas y de un nuevo lenguaje que siguiera captando la atención del público ante un panorama creativo que parecía imposible de ser superado. El descubrimiento silencioso de bandas universitarias como R.E.M, el corto camino a la fama de Nirvana o el surgimiento de accidentes sonoros inclasificables como los Pixies hizo que el mercado encerrara estos nuevos aires bajo el concepto de rock alternativo, una etiqueta perfecta para colocar productos que aparentaban ser distintos al resto de la creación musical de esos años.
La fachada transgresora de peinados, vestimentas e instrumentos solidificó un fenómeno que al mismo tiempo albergó a una larga lista de estilos, donde la irrupción del pop electrónico y sus derivados ayudó a caricaturizar la figura del sujeto alternativo como aquel individuo conocedor de las nuevos y diversos espacios de creación, aquel sujeto que no consumía los productos prefabricados y que también era capaz de fundar con sus propios recursos nuevas formas de significación, y por ende nuevos espacios de creación.

Esta relectura del discurso liberal también sirvió como excusa para reinterpretar el hazlo tú mismo, leyenda que se expresaría en el surgimiento de nuevas empresas creativas, pero también en el fortalecimiento del mito que aseguraba a cada individuo en particular la potestad para organizar, escribir y hablar en un nuevo orden mundial que olvidaba las disputas y que premiaba la democracia.

Lo mismo sucedería en Chile: el término de la dictadura militar presagiaba el advenimiento un nuevo sistema de organización y de posibilidades de apertura de espacios creativos. En el caso de la prensa musical esto significó una oportunidad única en la historia reciente del país: florecieron y perduraron durante la década publicaciones como Rock & Pop y Extravaganza!, los diarios crearon suplementos que aún existen como Zona de Contacto, y desde la pequeña industria, sellos independientes como Quemasucabeza o la Corporación Fonográfica Autónoma dieron sus primeros pasos.

En el caso de las publicaciones mencionadas, sus editoriales recurrieron a metáforas que aludían a un nuevo estilo para comunicar; se definieron como medios emancipados, vanguardistas, necesarios para un público juvenil con “altura de miras” y deseoso de conocer más allá de lo impuesto por los viejos canales informativos: romper las fronteras fue un impulso para los espacios de creación que se hicieron cargo de la necesidad del público chileno de conocer el mundo que existía fuera de los límites geográficos. Hambrientos por pertenecer a la escena internacional, los espacios de escritura que se perfilaban “alternativos” se dedicaron a rastrear las migajas de la creación foránea, adecuándola al lenguaje local, tratando de lucir un conocimiento absoluto sobre las últimas tendencias y asegurando que ese actuar era la protesta máxima ante la tradición y el oscurantismo cultural chileno.

La contradicción de estas nuevas vitrinas de escritura se produjo desde el instante en que sus creadores prefirieron escuchar las cátedras de la cultura dominante, transformando lo alternativo en el residuo de las modas de las economías de primer orden. Por lo tanto, los nuevos medios funcionaron según las lógicas del mercado que se readecuaba, pero sin levantar la mano para cuestionar normativas divergentes; en un actuar pasivo, institucionalizaron un estilo de publicación que hasta la actualidad se mantienen en Chile, donde lo que importa es ostentar una careta contemplativa, crítica, que mira desde el rincón asintiendo o negando con la cabeza según corresponda, que acepta feliz adjetivos como “díscolo”, pero que en la práctica se traduce en la manifestación de discursos apegados a la buena conducta, aunque a veces revestidos con toques de irreverencia que nunca están de más para armar un buen camuflaje.

Es el caso de The Clinic, especie de diario que desde su génesis recurrió al neopopulismo con la frase “Firme junto al pueblo”. Con portadas llenas de colores, de constantes alusiones a lo sexual como “insolencia” o “humor desatado”, The Clinic se catapultó como la publicación local que ejemplificaba lo poco cartucho que estaban los chilenos de fin de siglo, permitiendo, al mismo tiempo, que pocos recordaran su nacimiento ligado a las campañas presidenciales de la Concertación o la anécdota de la detención de Pinochet en Londres. Por estos días, The Clinic dedica sus páginas a las entrevistas y a las columnas de opinión, indagando en temas más o menos conocidos como la industria del porno o explayándose sobre casos estrambóticos de enanos, marihuaneros, lesbianas, y una larga lista de personajes que ellos mismos ubican en el terrero de lo anormal. A su vez, los entrevistados, es decir, las voces a las que recurren para hablar de ese país B que tanto se esmeran en caricaturizar, son empresarios, políticos o actores refinados, de buena cuna, que estudiaron en colegios caros, idealmente agraciados para la foto de rigor. La justificación de sumar entre sus páginas a los mismos que tienen voz en todos los demás medios de comunicación es saber por quién van a votar en las futuras elecciones o qué piensan del aborto o el matrimonio homosexual. Preguntas de ese orden se repiten y educan a la seguidilla de súbditos, en especial jóvenes, que traducen en sus blogs o páginas webs un modo de comprender la trasgresión según los cánones del oficialismo.

Ahí aparece Internet como la nueva cuna de vitrinas de creación alternativas, como el lugar de encuentro de aquellos que buscarían informarse, pero sin la perversión de los medios a los que estamos acostumbrados. Otra vez será el público juvenil el que elabore y sostenga los nuevos espacios de creación, espacios que esta vez suman un nuevo elemento: en ellos cabe todo; desde la publicación de ficciones hasta críticas de toda índole, también entrevistas, reportajes y videos autoproducidos.

Poco a pocos páginas como Sobras.com, Paniko.cl, Disorder.cl y la reciente Potq.cl han crecido en el número de visitantes, cooperándose a través de redes sociales que también son redes de amistad entre sus cabecillas. En su materialización son idénticas las unas con las otras y en los contenidos se repiten, acaparando siempre el mismo tipo de posibilidades temáticas. Así, el espacio de creación alternativo tampoco funciona y aunque se presente como tal, no es más que la tuerca travestida de un engranaje editorial que siempre buscará el orden, el consenso y el buen trato.

Dejando de lado que estos medios sobresalieron por su carácter virtual, ninguno de ellos ha significado un cambio radical en el modo de crear escrituras, diálogos u oposiciones en Chile. Por el contrario, los ejemplos idealizan la libertad editorial de no pertenecer declaradamente a ningún bando, mediante la publicación esporádica de textos híbridos -como reseñas de conciertos en primera persona o crónicas urbanas que rebosan garabatos- en señal de desobediencia premeditada, simulada y corregida para afianzar la imagen de independencia y alternatividad. Resulta asqueroso ver que lo hacen en espacios virtuales subsidiados por publicidad de compañías de celulares, marcas de ropa deportiva, por distribuidoras de películas que a cambio reparten entradas o por productoras de eventos que también les aseguran un lugar de preferencia entre la lista de invitados.

¿Cuál es el resultado de esta relación entre medios de creación que se dicen alternativos y el mercado regulador que ni siquiera los busca, sino que encuentra en ellos agentes deseosos de no quedar fuera del círculo de las influencias y los beneficios?

Para responder quiero recordar los últimos lanzamientos discográficos de músicos nacionales donde sus composiciones y sus retóricas apelan a la manifestación de una diferencia o urgencia artística, pero que no son más que el mantenimiento de un tipo de creación que nace ansiosa por parecerse en forma y fondo al trabajo que es abalado y considerado como valedero por el mercado.

Cuti Aste, Claudio Valenzuela, Seo2, Francisco González, Tea Time, Sabina Odone, Nicole, Sergio Lagos, son voces que más allá de su reconocimiento popular, sobrexponen una discurso de marginalidad a través de sus entrevistas. Lo cierto es que ninguno de ellos está avalado por grandes sellos discográficos, de hecho, la mayoría recurre a la autoedición de sus producciones o al trabajo en conjunto con sellos pequeños como Oveja Negra o Feria Music. Esto los pone en un mismo rango con otros autores menos difundidos, sea Javiera Mena, Guiso, Chinoy, Matorral o Colectivo Etéreo y no es raro que en varios eventos se topen o compartan escenario. La particularidad de los primeros se expresará, entonces, en que a través de sus obras calcan un modelo prefabricado de arte: cantan sobre sus individualidades, las que siempre se pueden resumir entre sentimientos de amor y esperanza, y en el terreno de la melodía y la estructura musical no sobrepasan los límites del género que les convenga. Todos son representantes de una mismidad sonora y lírica que nunca cumple con la promesa de la evolución artística, pero que permite que la creación musical se entienda como un acto ordinario e imposible de causar sorpresa, ni mucho menos expectativas.

Comportamientos como los descritos dejan en claro que la relación con el mercado -sea ésta explicita como en los portales electrónicos antes acuñados o escondida debajo de la alfombra en el caso de la reciente producción musical chilena- irrumpa como una naturalidad en los medios de creación alternativos, posibilitando la instalación de vitrinas ambiguas que nunca exteriorizan mediaciones alejadas de lo convencional. Por ende, el resultado de esta conexión viciosa es también la institucionalización un tipo de comportamiento divergente que alega por el cambio y la caída del sistema neocapitalista, al que sin embargo trata con pleitesía y del que no se separa a la hora de definirse como un espacio de creación.



Felipe Mardones
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domingo, 7 de junio de 2009

Pokemonismo: revolución, revolución estética, revuelta, berrinche etc.

Los pokemones son el resultado de un reciclaje cultural que recoge elementos visuales y musicales de diversos estilos y los adecua a una estética particular: los pantalones caídos, los piercing por doquier y los cabellos parados son tendencias absorbidas de estilos ya conocidos como el hardcore, los tatuados y el punk. Sus singulares peinados, el exceso de piercing, y la singularidad de sus vestimentas, resultaron elementos innovadores que a juicio de cierta parte de la sociedad (influida quizás, por una fuerte cobertura mediática) configuraron (o configuraban) una nueva revolución estética y un movimiento juvenil, pero ¿El boom pokemon contiene elementos que nos permitan hablar de él como un movimiento de algún tipo? ¿Podemos hablar de una cultura pokemona?

Según el concepto de cultura de Terry Eagleton, para clasificar al pokemonismo como una cultura, debemos buscar (y encontrar) en estos, una práctica de significación, una red de significados, un conjunto de actividades compartidas, valores, costumbres, creencias y prácticas a través del cual este orden social se comunique.



A pesar de que no se adscriben a ningún movimiento político, ni tampoco ostentan una bandera de lucha como grupo organizado, es posible vislumbrar una cierta ideología detrás de los pokemones. Esta se percibe como un mero espectador del fenómeno y no como discurso organizado. La ideología a la que me refiero se manifiesta a través de valores como: pluralismo, diversidad, tolerancia y respeto, valores que este grupo ha internalizado en su sistema de convivencia diaria, sin embargo, el pokemon no tiene ni trasfondo ni fundamento, no es una ideología como el punk ni una estética con tradición histórica como el gótico. El pokemon es solo apariencia, es solo imagen, aquí la desinhibición es ley, ¡una contradicción pura!

Otro hecho que ha resultado novedoso de los pokemones es el grado de aceptación frente a las libertades sexuales. La evolución en lo que respecta a temas de género (masculino-femenino) y las categorías que hasta ahora manejábamos de la sexualidad están completamente obsoletas, pero, si nos quitamos un poco la venda, nos daremos cuenta que la promiscuidad siempre ha existido, y en cierto modo se manifiesta con mayor ímpetu en la adolescencia. Ya ni siquiera cabe pensar si estos chicos son heterosexuales, gays o bisexuales, porque estamos frente a nuevas categorías, demostrando un avance cultural sin precedentes.

Los pokemones a la T.V

El boom del pokemonismo exploto el verano del 2008 cuando la oferta programática televisiva les brindó un espacio para mostrarse ante un espectador ávido por entender lo que estaba pasando con los adolescentes en Chile. Fueron integrados al matinal de TVN, al “Diario de Eva” de Chilevisión, incluso el conservador Canal Trece los incorporó en su parrilla programática en programas como Alfombra Roja. Fueron absorbidos por los medios de comunicación simplemente por escapar de los esquemas tradicionales de la moda, por traspasar los límites de lo estrafalario y porque la ausencia de discurso de este grupo les resultó bastante cómodo.

Los medios de comunicación respondieron de una manera sobredimensionada a este nuevo fenómeno estético, la instalación de estos jóvenes fanáticos del reggaeton y con extraña apariencia en la televisión abierta, sirvió para captar la atención de una sociedad, que cada vez se fue mostrando menos cerrada sobre la tolerancia, la pluralidad y la diversidad en cuanto a temas sexuales. A la larga, esto influyó en que la sociedad se desinhibiera un poco, ahora, las chicas y chicos, lesbianas y gays salen a la calle de la mano, conductas antes reprimidas, que ahora se muestran como un poco más normales, o por lo menos suceden ante los ojos de una sociedad que cada vez acepta más la existencia de la diversidad.

Las nuevas tecnologías hacen lo suyo

La desinhibición parece ser parte de la esencia de los adolescentes, y si a este fenómeno generacional le sumamos la masificación de las nuevas tecnologías, la saturación de imágenes publicitarias y la farandulización de los medios de comunicación, que promueven la instauración de arquetipos que apuntan al despertar de un imaginario erótico, tenemos un escenario natural para canalizar las desinhibiciones de los jóvenes (y los no tanto), esta desinhibición se trasforma en información habitual a la hora de formar identidades.

Diversos canales de comunicación virtual como Fotolog, Messenger, Blog y Facebook, son ejemplos de nuevas formas de interacción social. Los jóvenes se adaptan a los soportes comunicacionales, aprenden sus códigos de ingreso y se relacionan dentro del ciberespacio, estas relaciones, en algunos casos, se han trivializado como simples juegos lúdicos y sexuales pero también son relaciones humanas, de compañerismo y fraternidad.

La edad del pavo llevada a su máxima expresión visual

La constante dentro de una sociedad de consumo es la necesidad del cambio que el mercado promueve, siguiendo esta misma lógica en el campo de la cultura también es posible apreciar la renovación de tendencias musicales y sociales. Las transformaciones culturales dan cabida a tendencias, modas y es así como surgen las llamadas “tribus urbanas”.

La moda masiva de los pokemones vive su agonía. Cada vez son menos los que vemos por las calles o en sus lugares de encuentro habituales, como el Parque Forestal, donde acostumbraban reunirse en masa a tomar y compartir experiencias, o también afuera de la estación de Metro Salvador, punto de encuentro para ir a los canales de televisión, este grupo de se ha disgregado. Los jóvenes que en búsqueda de identidad se toparon con esta emergente moda ya la dejaron y quedan los menos.

Los pokemones son (o fueron) adolescentes como cualquier otro, que han llevado al extremo lo que hemos estado haciendo los jóvenes de está ciudad durante hace años. Los lugares de encuentro continúan siendo los mismos desde la década de los noventa: el Portal Lyon, el Eurocentro, el Parque Forestal son destinos frecuentes de un público juvenil que recurre a estos lugares en búsqueda de identificación generacional, propia de una industria cultural que provee de bienes materiales, transformando la forma de los movimientos juveniles, pero no la naturaleza de estas formas de expresión.

Vivimos en una sociedad fragmentada por falta de discursos comunes. Si antes los sujetos se organizaban en torno a ideas políticas, ahora se reúnen en torno a la música, a la vestimenta y a lo visual. En la sociedad del consumo la imagen cobra sentido. Vivimos en un estado de continua diferenciación con el otro, los pokemones en este sentido nacieron quizás como una manera de romper con lo establecido, hay una resignificación de la cultura trasnacional que propone el mercado y se adquieren prácticas asociadas al consumo.

Vivimos en una sociedad que le ha restado importancia a la política, no adscribimos a ningún movimiento, lo pokemones nacidos y crecidos en democracia llevaron al máximo su libertad y su estética, limitando, para algunos, con el absurdo y con el escándalo, incluso lograron repercusión mediática, pero por tratarse más que todo de una revolución estética, le será difícil trascender.

El pokemonismo es un fenómeno cultural de carácter temporal que tiene que ver más con la edad que con cualquier otra cosa, todas las décadas están marcadas por tendencias ligadas a estilos musicales y a su vez con sucesos históricos y sociales, lo pokemones, tuvieron su historia, su cultura y una sociedad que los miró con asombro, pero ya fueron, las nuevas generaciones dirán lo suyo.

Francisca Flores Leer más...