Pensar lo alternativo y su representación acotada a los medios de creación significa caracterizar un espacio, un tipo de discursividad y una relación con el entorno nuevas o al menos distintas a la establecida por los canales hegemónicos de producción. En un primer momento, también conlleva imaginar un panorama en donde priman los contrastes y mediaciones antagónicas a lo establecido por años de tradición; trincheras superdotadas de coraje y que sin necesidad de entrar en la lógica del mercado y las pautas materiales de productividad son capaces de sostener un tipo de subsistencia autónoma; un régimen de creación que obedece a normas capaces de quebrar el eje de un devenir que no es el del eterno retorno, sino que es ese que avanza como un espiral continuo y uniforme donde el modo de vida y las formas de mediación que conocemos son perpetuadas una y otra vez, incluso cuando aparecen destellos de quiebre o cambio. Cargando un optimismo absurdo podría asegurar que en Chile los espacios de creación alternativos en la prensa y en el arte funcionan según este paradigma libertario, sin embargo la historia reciente de los llamados medios alternativos de creación ubican estas líneas en una vereda poco solidaria con los portavoces de un estado del arte fecundo en nuevas actores creativos y nuevos públicos atentos, rebeldes y dispuestos a correr riegos, pero que a mi parecer están atentos al silbido del amo para retroceder y apaciguarse.
Un camino sabroso para ejemplificar la irrupción de lo “alternativo” como un término fácil de ser apropiado por la comunidad está en la historia reciente de la música popular en inglés, producida en Estados Unidos y en Europa durante los primeros años de la década de los noventa.
Al término de la Guerra Fría, el mercado discográfico del primer mundo necesitaba de un nuevo ánimo por parte de sus estrellas y de un nuevo lenguaje que siguiera captando la atención del público ante un panorama creativo que parecía imposible de ser superado. El descubrimiento silencioso de bandas universitarias como R.E.M, el corto camino a la fama de Nirvana o el surgimiento de accidentes sonoros inclasificables como los Pixies hizo que el mercado encerrara estos nuevos aires bajo el concepto de rock alternativo, una etiqueta perfecta para colocar productos que aparentaban ser distintos al resto de la creación musical de esos años.
La fachada transgresora de peinados, vestimentas e instrumentos solidificó un fenómeno que al mismo tiempo albergó a una larga lista de estilos, donde la irrupción del pop electrónico y sus derivados ayudó a caricaturizar la figura del sujeto alternativo como aquel individuo conocedor de las nuevos y diversos espacios de creación, aquel sujeto que no consumía los productos prefabricados y que también era capaz de fundar con sus propios recursos nuevas formas de significación, y por ende nuevos espacios de creación.
Esta relectura del discurso liberal también sirvió como excusa para reinterpretar el hazlo tú mismo, leyenda que se expresaría en el surgimiento de nuevas empresas creativas, pero también en el fortalecimiento del mito que aseguraba a cada individuo en particular la potestad para organizar, escribir y hablar en un nuevo orden mundial que olvidaba las disputas y que premiaba la democracia.
Lo mismo sucedería en Chile: el término de la dictadura militar presagiaba el advenimiento un nuevo sistema de organización y de posibilidades de apertura de espacios creativos. En el caso de la prensa musical esto significó una oportunidad única en la historia reciente del país: florecieron y perduraron durante la década publicaciones como Rock & Pop y Extravaganza!, los diarios crearon suplementos que aún existen como Zona de Contacto, y desde la pequeña industria, sellos independientes como Quemasucabeza o la Corporación Fonográfica Autónoma dieron sus primeros pasos.
En el caso de las publicaciones mencionadas, sus editoriales recurrieron a metáforas que aludían a un nuevo estilo para comunicar; se definieron como medios emancipados, vanguardistas, necesarios para un público juvenil con “altura de miras” y deseoso de conocer más allá de lo impuesto por los viejos canales informativos: romper las fronteras fue un impulso para los espacios de creación que se hicieron cargo de la necesidad del público chileno de conocer el mundo que existía fuera de los límites geográficos. Hambrientos por pertenecer a la escena internacional, los espacios de escritura que se perfilaban “alternativos” se dedicaron a rastrear las migajas de la creación foránea, adecuándola al lenguaje local, tratando de lucir un conocimiento absoluto sobre las últimas tendencias y asegurando que ese actuar era la protesta máxima ante la tradición y el oscurantismo cultural chileno.
La contradicción de estas nuevas vitrinas de escritura se produjo desde el instante en que sus creadores prefirieron escuchar las cátedras de la cultura dominante, transformando lo alternativo en el residuo de las modas de las economías de primer orden. Por lo tanto, los nuevos medios funcionaron según las lógicas del mercado que se readecuaba, pero sin levantar la mano para cuestionar normativas divergentes; en un actuar pasivo, institucionalizaron un estilo de publicación que hasta la actualidad se mantienen en Chile, donde lo que importa es ostentar una careta contemplativa, crítica, que mira desde el rincón asintiendo o negando con la cabeza según corresponda, que acepta feliz adjetivos como “díscolo”, pero que en la práctica se traduce en la manifestación de discursos apegados a la buena conducta, aunque a veces revestidos con toques de irreverencia que nunca están de más para armar un buen camuflaje.
Es el caso de The Clinic, especie de diario que desde su génesis recurrió al neopopulismo con la frase “Firme junto al pueblo”. Con portadas llenas de colores, de constantes alusiones a lo sexual como “insolencia” o “humor desatado”, The Clinic se catapultó como la publicación local que ejemplificaba lo poco cartucho que estaban los chilenos de fin de siglo, permitiendo, al mismo tiempo, que pocos recordaran su nacimiento ligado a las campañas presidenciales de la Concertación o la anécdota de la detención de Pinochet en Londres. Por estos días, The Clinic dedica sus páginas a las entrevistas y a las columnas de opinión, indagando en temas más o menos conocidos como la industria del porno o explayándose sobre casos estrambóticos de enanos, marihuaneros, lesbianas, y una larga lista de personajes que ellos mismos ubican en el terrero de lo anormal. A su vez, los entrevistados, es decir, las voces a las que recurren para hablar de ese país B que tanto se esmeran en caricaturizar, son empresarios, políticos o actores refinados, de buena cuna, que estudiaron en colegios caros, idealmente agraciados para la foto de rigor. La justificación de sumar entre sus páginas a los mismos que tienen voz en todos los demás medios de comunicación es saber por quién van a votar en las futuras elecciones o qué piensan del aborto o el matrimonio homosexual. Preguntas de ese orden se repiten y educan a la seguidilla de súbditos, en especial jóvenes, que traducen en sus blogs o páginas webs un modo de comprender la trasgresión según los cánones del oficialismo.
Ahí aparece Internet como la nueva cuna de vitrinas de creación alternativas, como el lugar de encuentro de aquellos que buscarían informarse, pero sin la perversión de los medios a los que estamos acostumbrados. Otra vez será el público juvenil el que elabore y sostenga los nuevos espacios de creación, espacios que esta vez suman un nuevo elemento: en ellos cabe todo; desde la publicación de ficciones hasta críticas de toda índole, también entrevistas, reportajes y videos autoproducidos.
Poco a pocos páginas como Sobras.com, Paniko.cl, Disorder.cl y la reciente Potq.cl han crecido en el número de visitantes, cooperándose a través de redes sociales que también son redes de amistad entre sus cabecillas. En su materialización son idénticas las unas con las otras y en los contenidos se repiten, acaparando siempre el mismo tipo de posibilidades temáticas. Así, el espacio de creación alternativo tampoco funciona y aunque se presente como tal, no es más que la tuerca travestida de un engranaje editorial que siempre buscará el orden, el consenso y el buen trato.
Dejando de lado que estos medios sobresalieron por su carácter virtual, ninguno de ellos ha significado un cambio radical en el modo de crear escrituras, diálogos u oposiciones en Chile. Por el contrario, los ejemplos idealizan la libertad editorial de no pertenecer declaradamente a ningún bando, mediante la publicación esporádica de textos híbridos -como reseñas de conciertos en primera persona o crónicas urbanas que rebosan garabatos- en señal de desobediencia premeditada, simulada y corregida para afianzar la imagen de independencia y alternatividad. Resulta asqueroso ver que lo hacen en espacios virtuales subsidiados por publicidad de compañías de celulares, marcas de ropa deportiva, por distribuidoras de películas que a cambio reparten entradas o por productoras de eventos que también les aseguran un lugar de preferencia entre la lista de invitados.
¿Cuál es el resultado de esta relación entre medios de creación que se dicen alternativos y el mercado regulador que ni siquiera los busca, sino que encuentra en ellos agentes deseosos de no quedar fuera del círculo de las influencias y los beneficios?
Para responder quiero recordar los últimos lanzamientos discográficos de músicos nacionales donde sus composiciones y sus retóricas apelan a la manifestación de una diferencia o urgencia artística, pero que no son más que el mantenimiento de un tipo de creación que nace ansiosa por parecerse en forma y fondo al trabajo que es abalado y considerado como valedero por el mercado.
Cuti Aste, Claudio Valenzuela, Seo2, Francisco González, Tea Time, Sabina Odone, Nicole, Sergio Lagos, son voces que más allá de su reconocimiento popular, sobrexponen una discurso de marginalidad a través de sus entrevistas. Lo cierto es que ninguno de ellos está avalado por grandes sellos discográficos, de hecho, la mayoría recurre a la autoedición de sus producciones o al trabajo en conjunto con sellos pequeños como Oveja Negra o Feria Music. Esto los pone en un mismo rango con otros autores menos difundidos, sea Javiera Mena, Guiso, Chinoy, Matorral o Colectivo Etéreo y no es raro que en varios eventos se topen o compartan escenario. La particularidad de los primeros se expresará, entonces, en que a través de sus obras calcan un modelo prefabricado de arte: cantan sobre sus individualidades, las que siempre se pueden resumir entre sentimientos de amor y esperanza, y en el terreno de la melodía y la estructura musical no sobrepasan los límites del género que les convenga. Todos son representantes de una mismidad sonora y lírica que nunca cumple con la promesa de la evolución artística, pero que permite que la creación musical se entienda como un acto ordinario e imposible de causar sorpresa, ni mucho menos expectativas.
Comportamientos como los descritos dejan en claro que la relación con el mercado -sea ésta explicita como en los portales electrónicos antes acuñados o escondida debajo de la alfombra en el caso de la reciente producción musical chilena- irrumpa como una naturalidad en los medios de creación alternativos, posibilitando la instalación de vitrinas ambiguas que nunca exteriorizan mediaciones alejadas de lo convencional. Por ende, el resultado de esta conexión viciosa es también la institucionalización un tipo de comportamiento divergente que alega por el cambio y la caída del sistema neocapitalista, al que sin embargo trata con pleitesía y del que no se separa a la hora de definirse como un espacio de creación.
Felipe Mardones
Un camino sabroso para ejemplificar la irrupción de lo “alternativo” como un término fácil de ser apropiado por la comunidad está en la historia reciente de la música popular en inglés, producida en Estados Unidos y en Europa durante los primeros años de la década de los noventa.
Al término de la Guerra Fría, el mercado discográfico del primer mundo necesitaba de un nuevo ánimo por parte de sus estrellas y de un nuevo lenguaje que siguiera captando la atención del público ante un panorama creativo que parecía imposible de ser superado. El descubrimiento silencioso de bandas universitarias como R.E.M, el corto camino a la fama de Nirvana o el surgimiento de accidentes sonoros inclasificables como los Pixies hizo que el mercado encerrara estos nuevos aires bajo el concepto de rock alternativo, una etiqueta perfecta para colocar productos que aparentaban ser distintos al resto de la creación musical de esos años.
La fachada transgresora de peinados, vestimentas e instrumentos solidificó un fenómeno que al mismo tiempo albergó a una larga lista de estilos, donde la irrupción del pop electrónico y sus derivados ayudó a caricaturizar la figura del sujeto alternativo como aquel individuo conocedor de las nuevos y diversos espacios de creación, aquel sujeto que no consumía los productos prefabricados y que también era capaz de fundar con sus propios recursos nuevas formas de significación, y por ende nuevos espacios de creación.
Esta relectura del discurso liberal también sirvió como excusa para reinterpretar el hazlo tú mismo, leyenda que se expresaría en el surgimiento de nuevas empresas creativas, pero también en el fortalecimiento del mito que aseguraba a cada individuo en particular la potestad para organizar, escribir y hablar en un nuevo orden mundial que olvidaba las disputas y que premiaba la democracia.
Lo mismo sucedería en Chile: el término de la dictadura militar presagiaba el advenimiento un nuevo sistema de organización y de posibilidades de apertura de espacios creativos. En el caso de la prensa musical esto significó una oportunidad única en la historia reciente del país: florecieron y perduraron durante la década publicaciones como Rock & Pop y Extravaganza!, los diarios crearon suplementos que aún existen como Zona de Contacto, y desde la pequeña industria, sellos independientes como Quemasucabeza o la Corporación Fonográfica Autónoma dieron sus primeros pasos.
En el caso de las publicaciones mencionadas, sus editoriales recurrieron a metáforas que aludían a un nuevo estilo para comunicar; se definieron como medios emancipados, vanguardistas, necesarios para un público juvenil con “altura de miras” y deseoso de conocer más allá de lo impuesto por los viejos canales informativos: romper las fronteras fue un impulso para los espacios de creación que se hicieron cargo de la necesidad del público chileno de conocer el mundo que existía fuera de los límites geográficos. Hambrientos por pertenecer a la escena internacional, los espacios de escritura que se perfilaban “alternativos” se dedicaron a rastrear las migajas de la creación foránea, adecuándola al lenguaje local, tratando de lucir un conocimiento absoluto sobre las últimas tendencias y asegurando que ese actuar era la protesta máxima ante la tradición y el oscurantismo cultural chileno.
La contradicción de estas nuevas vitrinas de escritura se produjo desde el instante en que sus creadores prefirieron escuchar las cátedras de la cultura dominante, transformando lo alternativo en el residuo de las modas de las economías de primer orden. Por lo tanto, los nuevos medios funcionaron según las lógicas del mercado que se readecuaba, pero sin levantar la mano para cuestionar normativas divergentes; en un actuar pasivo, institucionalizaron un estilo de publicación que hasta la actualidad se mantienen en Chile, donde lo que importa es ostentar una careta contemplativa, crítica, que mira desde el rincón asintiendo o negando con la cabeza según corresponda, que acepta feliz adjetivos como “díscolo”, pero que en la práctica se traduce en la manifestación de discursos apegados a la buena conducta, aunque a veces revestidos con toques de irreverencia que nunca están de más para armar un buen camuflaje.
Es el caso de The Clinic, especie de diario que desde su génesis recurrió al neopopulismo con la frase “Firme junto al pueblo”. Con portadas llenas de colores, de constantes alusiones a lo sexual como “insolencia” o “humor desatado”, The Clinic se catapultó como la publicación local que ejemplificaba lo poco cartucho que estaban los chilenos de fin de siglo, permitiendo, al mismo tiempo, que pocos recordaran su nacimiento ligado a las campañas presidenciales de la Concertación o la anécdota de la detención de Pinochet en Londres. Por estos días, The Clinic dedica sus páginas a las entrevistas y a las columnas de opinión, indagando en temas más o menos conocidos como la industria del porno o explayándose sobre casos estrambóticos de enanos, marihuaneros, lesbianas, y una larga lista de personajes que ellos mismos ubican en el terrero de lo anormal. A su vez, los entrevistados, es decir, las voces a las que recurren para hablar de ese país B que tanto se esmeran en caricaturizar, son empresarios, políticos o actores refinados, de buena cuna, que estudiaron en colegios caros, idealmente agraciados para la foto de rigor. La justificación de sumar entre sus páginas a los mismos que tienen voz en todos los demás medios de comunicación es saber por quién van a votar en las futuras elecciones o qué piensan del aborto o el matrimonio homosexual. Preguntas de ese orden se repiten y educan a la seguidilla de súbditos, en especial jóvenes, que traducen en sus blogs o páginas webs un modo de comprender la trasgresión según los cánones del oficialismo.
Ahí aparece Internet como la nueva cuna de vitrinas de creación alternativas, como el lugar de encuentro de aquellos que buscarían informarse, pero sin la perversión de los medios a los que estamos acostumbrados. Otra vez será el público juvenil el que elabore y sostenga los nuevos espacios de creación, espacios que esta vez suman un nuevo elemento: en ellos cabe todo; desde la publicación de ficciones hasta críticas de toda índole, también entrevistas, reportajes y videos autoproducidos.
Poco a pocos páginas como Sobras.com, Paniko.cl, Disorder.cl y la reciente Potq.cl han crecido en el número de visitantes, cooperándose a través de redes sociales que también son redes de amistad entre sus cabecillas. En su materialización son idénticas las unas con las otras y en los contenidos se repiten, acaparando siempre el mismo tipo de posibilidades temáticas. Así, el espacio de creación alternativo tampoco funciona y aunque se presente como tal, no es más que la tuerca travestida de un engranaje editorial que siempre buscará el orden, el consenso y el buen trato.
Dejando de lado que estos medios sobresalieron por su carácter virtual, ninguno de ellos ha significado un cambio radical en el modo de crear escrituras, diálogos u oposiciones en Chile. Por el contrario, los ejemplos idealizan la libertad editorial de no pertenecer declaradamente a ningún bando, mediante la publicación esporádica de textos híbridos -como reseñas de conciertos en primera persona o crónicas urbanas que rebosan garabatos- en señal de desobediencia premeditada, simulada y corregida para afianzar la imagen de independencia y alternatividad. Resulta asqueroso ver que lo hacen en espacios virtuales subsidiados por publicidad de compañías de celulares, marcas de ropa deportiva, por distribuidoras de películas que a cambio reparten entradas o por productoras de eventos que también les aseguran un lugar de preferencia entre la lista de invitados.
¿Cuál es el resultado de esta relación entre medios de creación que se dicen alternativos y el mercado regulador que ni siquiera los busca, sino que encuentra en ellos agentes deseosos de no quedar fuera del círculo de las influencias y los beneficios?
Para responder quiero recordar los últimos lanzamientos discográficos de músicos nacionales donde sus composiciones y sus retóricas apelan a la manifestación de una diferencia o urgencia artística, pero que no son más que el mantenimiento de un tipo de creación que nace ansiosa por parecerse en forma y fondo al trabajo que es abalado y considerado como valedero por el mercado.
Cuti Aste, Claudio Valenzuela, Seo2, Francisco González, Tea Time, Sabina Odone, Nicole, Sergio Lagos, son voces que más allá de su reconocimiento popular, sobrexponen una discurso de marginalidad a través de sus entrevistas. Lo cierto es que ninguno de ellos está avalado por grandes sellos discográficos, de hecho, la mayoría recurre a la autoedición de sus producciones o al trabajo en conjunto con sellos pequeños como Oveja Negra o Feria Music. Esto los pone en un mismo rango con otros autores menos difundidos, sea Javiera Mena, Guiso, Chinoy, Matorral o Colectivo Etéreo y no es raro que en varios eventos se topen o compartan escenario. La particularidad de los primeros se expresará, entonces, en que a través de sus obras calcan un modelo prefabricado de arte: cantan sobre sus individualidades, las que siempre se pueden resumir entre sentimientos de amor y esperanza, y en el terreno de la melodía y la estructura musical no sobrepasan los límites del género que les convenga. Todos son representantes de una mismidad sonora y lírica que nunca cumple con la promesa de la evolución artística, pero que permite que la creación musical se entienda como un acto ordinario e imposible de causar sorpresa, ni mucho menos expectativas.
Comportamientos como los descritos dejan en claro que la relación con el mercado -sea ésta explicita como en los portales electrónicos antes acuñados o escondida debajo de la alfombra en el caso de la reciente producción musical chilena- irrumpa como una naturalidad en los medios de creación alternativos, posibilitando la instalación de vitrinas ambiguas que nunca exteriorizan mediaciones alejadas de lo convencional. Por ende, el resultado de esta conexión viciosa es también la institucionalización un tipo de comportamiento divergente que alega por el cambio y la caída del sistema neocapitalista, al que sin embargo trata con pleitesía y del que no se separa a la hora de definirse como un espacio de creación.
Felipe Mardones
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