sábado, 30 de mayo de 2009

Los Fondos de Cultura en Chile ¿otra forma de Branding-país?

¿Para qué sirven los fondos de apoyo a la creación artística estatales? Una pregunta quizás un tanto compleja que puede llevar a equívocos, pero ante todo es una interrogante que incumbe a todos quienes se desempeñan en el área artística, cultural y también a la población en general.

El panorama cultural chileno ha vivido intensas etapas de contingencia, luchas políticas, búsqueda de un espacio abierto a todo tipo de manifestación artística, entre otras cosas. Hechos que en un momento determinado apelaban a la creación de una institucionalidad cultural que en plena Dictadura era inexistente, ya que todo acto dictatorial desmiembra al sistema político y social, no dando cabida a un aparato cultural heterogéneo.

Como bien sabemos el arte como hecho cultural siempre conlleva una estrecha conexión con una ideología, con la política y ante todo con su contexto de producción. Elementos que se convierten en un peligro dentro de gobiernos autoritarios como la Dictadura del General Pinochet en Chile. Es por esto que se silencia, se prohíbe y se crea un medio inquisitivo de censura que es capaz de detentar qué es arte y qué no lo es.




Es así como en la época de los ochenta se impone como lo culto un folclore burgués que propone a la cueca como baile nacional, la trascendencia del artesanado por sobre las artes visuales, junto con una imagen conservadora de las bellas artes. Frente a este escenario la actividad artística chilena, sobre todo las artes visuales comenzaron a emerger como entes de resistencia. Tenemos como claro ejemplo el CADA y los movimientos de avanzada. Este panorama cambia con el regreso a la democracia el año noventa. Bajo el gobierno de Patricio Aylwin se intenta abrir nuevamente el espacio al arte silenciado. Pero esto no es tan productivo ya que no se poseía la experiencia necesaria para crear un aparato gubernamental encargado de subsidiar y apoyar la escena artística chilena. Es así como surge el denominado FONDART, una especie de ensayo error.

El caso FONDART:

Su creación data de 1992 siendo como antes mencione un intento por subvencionar el arte nacional luego de la Dictadura. Se transforma en una especie de experimento dentro de un sistema carente de institucionalidad cultural, por lo tanto surge en un escenario totalmente desconocido en donde se verán muchas falencias, sobre todo en la entrega de los recursos que el fondo otorgaba a los proyectos ganadores. Año tras año, luego de publicados los resultados los reclamos y críticas se dejaban oír respecto a la calidad de los evaluadores, la repetición de los nombres de los ganadores y ante todo cierta falta de seriedad al momento de escoger los proyectos.

Como medida paliativa la mejor solución fue realizar una rotación en relación a los jurados, pero aún así la problemática continuó hasta estos días. Principalmente en la administración del Fondo, donde los dineros otorgados demoran en llegar a su destino, lo que causa que tanto aparataje burocrático muchas veces deje estancados la puesta en escena de muchos de éstos. Otra problemática es que luego de entregado el dinero la administración se desentiende del proceso, no toma en cuenta su funcionamiento, no realiza un seguimiento que pueda aportar ayuda crítica frente a cómo éste se ha llevado a cabo. Muchas veces los proyectos, especialmente los del ámbito teatral no logran trascender, ya que el dinero sólo alcanza para una puesta en escena y su vida útil nuevamente cae a la deriva. La misma situación se puede vislumbrar en los proyectos de regiones, los cuales no tienen la misma coyuntura que los de Santiago, los que muchas veces en mayor medida muestran su descontento frente al funcionamiento de este Fondo.

Estas no son las únicas falencias que debemos tomar en cuenta. Quizás el error más grande del FONDART es su implementación tecnocrática a través de la postulación por medio de formularios que conllevan un tipo de lenguaje que no es de conocimiento de todos. Por tanto ¿Cómo se pretende implementar un concurso a través de este formato si muchas veces los artistas desconocen su llenado? De ahí que grandes proyectos salgan al agua, al no haber cumplido con los requisitos de llenado y a su vez quiénes se hacen del arte tecnócrata son quienes logran cada año conseguir dicho fondo. Queda abierta la pregunta frente a esta situación y dos las soluciones: El arte en chile se tecnocratiza o sencillamente apocalípticamente se desestructura los Fondos teniendo otro medio de postulación que desmiembre su actual funcionamiento. Ninguna de las dos opciones está libre de males.

Soluciones parche:

Luego del fracasado caso FONDART (aunque el gobierno no lo asimilará así) se intenta tapar la desorganización, la mala administración de los fondos al institucionalizarlos en una nueva “imagen cultural”: El Fondo de la Cultura y Las Artes. Lo que a mi parecer sería otra solución que intenta tapar el gran agujero de la desmerecida imagen del FONDART, pero que aún se ve envuelta por críticas. Principalmente creo que éstas surgen a partir de la noción de solución parche, ya que el gobierno decide instaurar en el 2003 una institución cultural que permite al igual que su antecesor un sistema de postulación de fondos para proyectos culturales que subdivide las áreas de especialización: Fondo Audiovisual, Fondo del Libro y la lectura y el Fondo de la música nacional. Este supuesto cambio apelaría a una mejor administración del financiamiento para las distintas áreas artísticas. Atendiendo que cada una de éstas pertenecen a “las grandes industrias culturales de nuestro país”: El Cine, las disqueras y el negocio editorial.

La importancia de estas tres manifestaciones radica en la masificación que éstas tienen frente al público, quienes tienen mayor acceso a comprenderlas y a su vez son más accesibles en término material, ya que si tomamos como ejemplo una muestra de body art o un happening sólo duran un instante que se vuelve intangible.

Quizás esta es la lógica de las medidas gubernamentales para dar mayor cabida a estas tres áreas, el hecho que son más masivas y que crean una relación de oferta y demanda. Lo que el gobierno plantearía a través de esta conformación de industrias culturales es una manera de regular y a la vez financiar los proyectos a través del mercado, por tanto, así el estado se desentiende del problema y asume que con estas nuevas medidas de subvención las disciplinas artísticas están preparadas para subsistir por sí solas, ya que la industria cultural les entrega dichas herramientas que por sí solas no podrían haber alcanzado.

Es francamente criticable como el Estado de manera ignorante ha decido convertir la escena artística nacional en un slogan barato que constantemente apela a qué cultos somos, a la existencia de un espacio abierto para el arte en Chile. Pero si analizamos esta situación, el arte no puede ser tomado como un ente anexo al Estado que forma parte de otra de las estrategias de imagen, un instrumento más dentro del sistema. El que pretende darle cabida, pero es incapaz de implementar una estructura cultural que sepa realmente subvencionar, que tenga conocimiento y que finalmente se comprometa con el círculo artístico.

La mayoría de los errores que presentan en general los fondos de ayuda estatales se basan en una política gubernamental muy de moda por estos días: el branding-país, un intento de posicionar a Chile dentro de una imagen de nación con miras de desarrollo. Chile en este sentido buscaría dar un valor al arte dándole a éste la imagen de marca que es capaz de absorber, que envuelve pasión y que sirve a su vez como una estrategia que motive la idea de Chile un país “civilizado” y que escala por salir de la categoría de tercermundista. El branding entonces surgiría al momento de buscar en las artes y la cultura un elemento diferenciador que muestre cuán avanzada está la nación. Para ello se utiliza la exaltación de esta imagen del Estado como portador de cultura que tendría su máxima conexión emocional a través de los Fondos de apoyo artísticos.

Con el branding- país se pretende insertar una estrategia de comunicación de los valores que convierten al arte en producto. Por lo tanto, es así como comienza a elevarse la imagen del país y con ello el logro de una incrementación tanto en las inversiones locales como las extranjeras.

Lo que se ve en los Tratados internacionales como el de Libre comercio, donde se contempla la circulación de obras de arte como productos cargados de un alto valor simbólico y a su vez la instancia de la creación o institucionalización de la llamada Propiedad intelectual o derecho de autor.

Dentro de este circuito los fondos son otra estrategia más que permiten dar a Chile la posición de marca cultural y socialmente culta, ya que son los que la mayoría de las veces abren el campo a las industrias culturales, al mostrar que chile si produce arte y que el Estado es el encargado de abrir el espacio y el apoyo para que estas empresas culturales puedan manifestarse y logren desempeñar su misión llámese civilizadora, cultora o educadora.

El craso error de tratar de insertar a los proyectos artísticos dentro de una industria cultural es que nuestro país, aún no ha podido establecer las políticas necesarias que puedan subvencionar adecuadamente la agenda cultural.

Sobre todo al carecer las obras de un valor industrial, ya que muchas veces éstas se terminan por perder en alguna bodega, o pasan a transformarse en un happening que dura sólo una puesta en escena, un sólo estreno o sencillamente una sola edición que no alcanza a superar las expectativas de su autor.

Tampoco los aparatos gubernamentales hablan del arte como un producto y menos si volvemos al ejemplo de los fondos del cine, del libro y de la música donde las obras no se instauran como bien cultural que parte un ciclo marcado por: la creación, la edición, producción, difusión o circulación.

Cómo el gobierno pretende instaurar ciertas industrias culturales si la mayoría de los productos culturales provenientes de los proyectos de los fondos artísticos sólo alcanzan la primera etapa de este ciclo: la creación y en algunos casos la edición, si es que nos enfocamos a la danza, fotografía, teatro y las artes visuales. Como vemos al no completarse el ciclo se pierde el valor de producto, ya que éste no circula, no logra masificarse ni estar al alcance de todos. Quizás la cadena de valor si se de en la música, el cine y los libros, pero ¿hasta qué medida esto es así? ¿Realmente la circulación tiene el alcance esperado por sus autores, logran no quedar en el olvido?

Lo más paradójico de todo esto es que el estado trata de insertar una supuesta industria cultural, pero cómo ésta puede llegar a buen fin si ni siquiera se asegura la recepción de las obras, su distribución. Si no existe el espacio abierto a la exhibición. Mi pregunta es ¿cuántos proyectos ganadores hemos visto en el cine? ¿Tenemos conocimiento de los artistas beneficiados? La respuesta todos la sabemos.

Es así como ¿Podemos hablar hoy en día de Industria cultural en Chile? tomando en cuenta todo lo que el término en sí conlleva. ¿Nuestro arte se inserta dentro de las normativas mercantiles de la oferta y la demanda? ¿Pasan a ser los proyectos ganadores de Fondos estatales bienes económicos?

Si tomamos en cuenta todas estas preguntas nos encontramos en un territorio ambiguo, sin respuestas neutras o claras. Las cuales simplemente dan cuenta de las estrategias estatales a través del branding-país con el cual intentan a su vez homologar nuestro espacio artístico y cultural con los países desarrollados. Tratando de instalar un modelo económico- cultural que quizás en nuestro país aun no tiene gran cabida. Ante esto las autoridades deberían replantearse lo que conlleva la idea de industria cultural. Si nos remontamos a sus comienzos en la escuela de Frankfurt la ideología que ésta conlleva es generalizadora, ya que trata de la misma forma al todo, tanto como a sus partes. De ahí que Horkheimer y Adorno vean que la oposición entre el todo y las partes es algo incoherente, sobre todo si nos encasillamos en los detalles, porque a nivel artístico y cultural llevan a un iluminismo errado y mistificación de las masas1. Las autoridades tratan de realizar este mismo ejercicio, al predisponer que la instauración de estas políticas culturales creará una mayor conciencia en la población que les permitirá ver y pensar de manera más ilustrada, o lo que podemos llamar una especie de adoctrinamiento o educación de las masas.

Frente a este tema me ¿pregunto qué podemos hacer para organizar, limpiar y lograr una buena administración y subvención de la cultura en nuestro país? Como primera opción ¿Cuestionarnos su existencia?, Desmembrarla desde dentro o simplemente ser capaces de ver que en apariencia existe pero aliada a una estrategia estatal publicitaria. Y ya siendo críticos frente a estas opciones ser capaces de pensar cómo dar solución a la problemática artística chilena.



Carolina Figueroa L. Leer más...

lunes, 25 de mayo de 2009

Discusión en torno a Cultura y Televisión actual

Juan Receptor

Que la televisión sea culpable de un atontamiento general de la población es imposible, primero porque, que yo sepa, ésta no se manda sola y segundo, porque así como Santiago no es Chile, la Tele no es la Cultura. Por otra parte, y más importante aún, el problema central no radica en lo que sale de ese aparato cuadrado y ruidoso, sino quién lo prende, por qué y finalmente cómo esa persona procesa la información. Esta es la historia de Juan Receptor ¿víctima o culpable? Lo sabremos en breves minutos -no se vaya-.

Juan Receptor se levanta temprano como todas las mañanas, arrepentido de haberse quedado despierto hasta tan tarde. Era noche de eliminación. Sale de la ducha medio dormido y se viste acompañado del matinal. Ya va 10 minutos tarde porque el tipo del tiempo no decía nunca si iba a llover o no. Entre ir y volver son más de tres horas diarias de luchas: por un espacio bajo techo en el paradero, por un cupo en la micro, por un asiento, porque lo dejen bajarse, por unos -buenos días- o una sonrisa.

Después de la larga jornada laboral, Juan Receptor llega cansado a su casa. Hoy no alcanzó a ver el final de la teleserie. Revisa un par de cuentas mientras escucha las malas noticias de las 9 y unos minutos después le pone off…no al televisor, a su cerebro.


El País de las Maravillas

Juan Receptor tiene un libro cubierto de polvo sobre su velador. Todos los viernes, de vuelta del trabajo, lee la sección de panoramas culturales en el diario gratuito del metro y lo bota cuando hace el trasbordo. Le encanta hacer sapping pero muchas veces siente que está aburrido. Cuando era niño se entretenía más jugando al emboque o a la nave espacial con la caja que quedó tirada, el día que llegó el primer televisor a su casa. Le gustaría saber más, comprender mejor las cosas que discuten en Tolerancia Cero o hasta haber aprendido francés para entender a Warken cuando se pone a leer novelas extranjeras en su programa. A veces sueña con recibir un suculento sueldo sin hacer prácticamente nada, - como los de la tele-.



No sería justo analizar qué es lo que se consume, sin considerar el uso que se le da a los productos consumidos, el significado y/o valor que les otorgamos a ellos, en relación a nuestro existir en el mundo. El goce, a mi entender, es un aspecto intrínseco y necesario en la vida del ser humano. Ahora bien, cuando éste se convierte en un recurso de escape de la propia realidad, puede considerársele sumamente peligroso, tal como a una droga cuando genera adicción y adormecimiento de las percepciones, el juicio y la valoración del resto de los espacios del vivir.

En este contexto resulta preocupante la idea que se ha instalado en las nuevas generaciones, de que en la televisión todo es posible y que los que están en ella, de una u otra forma son superiores – hasta ahí llega el supuesto sentimiento de semejanza que inspiraría la televisión, que no es más que un complejo de inferioridad disfrazado de admiración-. Programas como Rojo, el ex Mekano, ahora Yingo, los realitys y las teleseries llenas de actores que no saben actuar, son los nichos de los ídolos de hoy.

La dificultad para discernir entre realidad y ficción, la fascinación por un mundo ajeno y supuestamente mejor, y la resultante idealización, son algunos de los verdaderos problemas del fenómeno cultural de la televisión. Todos ellos tienen que ver prioritariamente con la percepción del espectador. O quizás, como propondrían los más críticos, los canales debieran tener un eterno GC en la esquina de la pantalla que lea “Advertencia: todo lo que usted ve aquí es mentira”.

Hoy es sábado, tarde de películas: “Alicia en el país de las maravillas”, - deben haberse hecho millonarios con esta tontera - piensa Juan Receptor- a los comerciales me hago algo para comer-.

Quieren Dinero

En la sociedad de mercado todas las actividades giran en torno al dinero. La televisión entonces no tendría por qué alienarse de aquello. Todos sabemos, especialmente en tiempos de crisis, que los medios de comunicación no tienen ninguna posibilidad de sobrevivencia si prescindieran de la publicidad. Ésta, a su vez, está dispuesta a sustentar a los medios sólo si pueden asegurarles una efectiva llegada a la población a la que apuntan, lo que se traduce en posicionamiento y crecimiento en las ventas: más dinero. Aquí entra en escena el famoso raiting y su varita mágica, el people meter. Este aparato, dicen los entendidos, es una herramienta fidedigna, altamente representativa de lo que la gente quiere ver. Si es así, entonces los insatisfechos con los contenidos de la televisión debieran emprenderla en contra de esta masa segmentada sin rostro. Gran problema. Si de algo cuenta, Juan Receptor no tiene people meter.

Este quizás es uno de los problemas; si todos los hogares de Chile pudieran manifestar sus intereses y repudios a través de tan útil sistema, quizás (y sólo quizás) la programación televisiva cambiaría. No hago esta afirmación con certeza porque, por una parte se mantiene la eterna pregunta (que no pretendería responder) sobre qué vino primero, el huevo o la gallina: ¿Son las personas las que piden el tipo de contenidos que son exhibidos por la televisión o es ésta la que impone los contenidos sobre las personas?

Por otra parte, no puedo si no dudar de la necesidad que tienen las fuerzas de poder, de mantener a los que estamos aquí debajo, lo más dormidos posible. Aunque queramos otra cosa podría no convenirles. El ignorante no es peligroso.

Mono Con Navaja

Los medios de comunicación son capaces de crear el mundo que nos rodea; el panorama contingente, un mapa de hechos y situaciones ocurriendo en nuestros barrios, ciudades, países y más allá, hasta la forma en que besamos. Quienes los manejan se dan a la tarea de guardar en carpetas, como archivos reservados, todo aquello que podría resultar por decir lo menos, inconveniente, ¡cuántas cosas se habrán silenciado o inventado! Llega a ser espeluznante imaginárselo.

Sin embargo, la televisión es una herramienta maravillosa, capaz de lograr hermosos sucesos. De qué otra forma podríamos conocer recónditos lugares, inaccesibles para la mayoría de los mortales o presenciar hechos históricos del mundo. Claro que en las manos equivocadas esta oportunidad, se convierte en una cárcel. Durante la dictadura en Chile, el mundo fue incapaz de enfrentarse a los horribles atentados a los derechos humanos, porque éstos fueron ocultados con canciones pegotes, programas de juegos y grandes festivales. Mientras miles de personas eran torturadas, los Huasos Quincheros cantaban en la Quinta Vergara y Don Francisco regalaba refrigeradores. Incluso hoy, en programas como TV o no TV, revisión historiográfica del rol de la televisión en nuestro país, se sigue construyendo una imagen, muy conveniente para algunos, muy reducida para otros.

El caso de Pascua Lama o la inminente explotación de energía geotérmica en los Geysers del Tatio, la causa mapuche y la construcción de represas en la Patagonia. Músicos nacionales que ganan premios y se van de gira al extranjero, trabajando por rescatar y darle forma a un sonido chileno; ¿Son temas que no venden? No pretendo plantear la opción de que se trabaje en pos de una alienación del mercado. El cambio debe venir desde dentro. El mensaje entonces sería algo así como “Si se la puede, compre”.

La información es poder. Por lo tanto, son los ambiciosos los que la persiguen. ¿O ven acaso a una Madre Teresa de Calcuta o a un Nelson Mandela, manejando la parrilla programática de un canal, analizando minuto a minuto el people meter on-line? Los grandes mensajeros de nuestra era (si es que existen), las guías para el ejercicio del despertar de la conciencia y los estímulos intelectuales para desarrollar un pensamiento enriquecedor, para bien o para mal, no están en la televisión. Bueno, un lugar menos dónde buscar.

La Tele No es La Cultura

Ya es domingo y Juan Receptor se levanta sin mucho ánimo. La doña quiere salir con los niños y él tiene que acompañarlos, cuando en realidad la fuerza de la costumbre lo llama a quedarse en la cama, tomar el control remoto y ejercitar el pulgar. -Es el único día de la semana que tengo para descansar- regaña entre dientes. Todos listos y dispuestos. Primera parada: Plaza de Armas. Juan Receptor se sorprendió de la cantidad de gente que transitaba por el Paseo Ahumada. En su cabeza, los domingos el centro estaba muerto. Convenientemente para mí, esta es la primera vez en años que sale de su querida monotonía.

Pintores, mendigos, poetas, mimos, predicadores y jubilados. Olor a galletas recién horneadas, frituras y maní confitado. Juan Receptor camina entre la multitud, sin percatarse de la comodidad que experimenta. Es esa sensación, casi siempre inconciente, de pertenencia.

Para las ciencias sociales el concepto cultura lo abarca todo, desde los objetos materiales con los que convivimos diariamente hasta aquello simbólico, el conjunto de significados, normas y creencias de una sociedad. Juan Receptor camina a paso seguro por el tumulto y nunca choca con alguien.

Ahora bien, también existe la acepción de “alta cultura”, la que ya en su denominación me parece de una reprochable altanería; ésta ha perdido terreno con la llegada de técnicas más accesibles, versátiles, incluso más comprensibles o interpretables y por qué no, más estimulantes para muchos. La fotografía, el video-arte, la instalación, los cuentos cortos en la narrativa. No son áreas comparables a un concierto de música clásica o a un espectáculo de ballet. Y es que no tienen que ser comparadas, porque vienen desde lugares distintos y apuntan hacia hilos sensoriales diferentes. Lo que no significa necesariamente que una sea mejor que la otra, en sí misma y en la experiencia estética que pueda convocar. Aunque muchas intenten ser reconocidas como “alta cultura”.

Juan Receptor y su familia llegaron al Parque Forestal, no quiso entrar al Bellas Artes porque no le ve la gracia. Nadie le enseñó a observar una pintura, no conoce el proceso de creación de un grabado ni ha escuchado jamás lo que es el punto de fuga. Nunca se lo ha dicho a alguien, pero prefiere evitarse la vergüenza.

Lo cierto es que en Chile sí hay movimientos culturales- artísticos. Un “Santiago en 100 palabras”, el Galpón Víctor Jara o músicos editando discos, exposiciones gratuitas, ciclos de cine, funciones rebajadas en el Municipal, galerías de libros usados. No serán empresas que le signifiquen grandes ingresos a sus integrantes o al país, y espero que ese no sea el propósito último, pero, y perdón si molesto a alguien con un excesivo optimismo, hay gente llamando y cada vez hay más respuestas. Qué más real o más honesto que lo que no se muestra en la televisión.

En Comerciales…

Los lamentables daños que ha generado la economía cultural son, a mí parecer, irreversibles. La construcción de las sociedades en base al consumo es una innegable realidad y mantenerse al margen de ella es imposible. Querer ganarse la vida con el propio arte no es pecado ni debiera disminuir el valor estético de una obra en sí misma, ni de un movimiento o manifestación cultural. De manera que la respuesta no está en darle la espalda a esta realidad, acrecentando el profundo individualismo, sino que crear matices cada vez más claros y positivos dentro de la vorágine del mercado.

La televisión no es diabólica, ni siquiera con los contenidos que hoy se exhiben; la perversión está en que sea lo único que exista en la vida de los individuos. Aunque sí sería una lástima perder este soporte a merced de mentes astutas y superfluas. En el periodista, por ejemplo, debería primar la vocación educadora y, con las herramientas disponibles y que le sean más cómodas, invitar a pensar, reflexionar y aprehender. Sin un genuino amor por el conocimiento, esta tarea pierde sentido, adquiere demasiada fugacidad y el valioso objetivo queda en el camino, como osamentas de ideas ingenuas y utópicas.

¿Puede la cultura ser modificada? Si entendemos la cultura como todo el conjunto de experiencias de las personas, materiales y no materiales, me atrevería a decir que sí; la mayoría de estos elementos tienen que ver con hábitos, que en esencia son mutables, también como el cerebro se puede ejercitar. La diferencia está entre lo posible y la capacidad en la práctica. Somos hijos de un pueblo saturado de confrontación, que no conoce otra forma de actuar; frente a una sobredosis de enfrentamiento, hoy sufrimos un profundo caso de pereza ideológica.

Con la certeza de caer en un cliché, no puedo dejar de mencionar el crucial rol de la educación en la esfera cultural. La deplorable calidad en la enseñanza, de la que no se escapan los países desarrollados, repercute en la forma en la que nos relacionamos tanto en la cultura académica como en la cultura social. Nuevamente: el necesario desarrollo de hábitos.

Juan Receptor -gracias a Dios- como dice él, puede suplir todas las necesidades básicas de él y su familia; techo, comida, vestimenta, educación, hasta vacaciones y uno que otro lujito al mes; tiene Internet en la casa, sabe leer, escribir y pensar.

En esta sociedad postmoderna cada uno se rasca con sus propias uñas. Claro que es legítimo querer que la televisión abra espacios para nuevas y diversas manifestaciones de la cultura, tanto social como docta, pero esto no se puede esperar si es que la gran mayoría de las personas, sin importar el segmento al que seamos adscritos, no buscamos ni mantenemos un acercamiento sostenido con estos conocimientos y formas de construcción del mundo.

Juan Receptor llega a su casa después de la tarde familiar pensando que debería salir más seguido. A los días ya se le había olvidado.

Juan Receptor es tanto víctima como culpable de su propia suerte. Ojalá que pronto, aunque sea en los comerciales, haga algo más que sólo comer.



Mónica Lowick-Russell Leer más...

domingo, 24 de mayo de 2009

Lengua Disidente

¿Que es ser contracultural hoy en Chile?

La rebeldía a fines de los años 50 y a través de los 60 estableció a América Latina como un laboratorio de resistencia ante el imperialismo y la globalización a un nivel mundial. Fue un momento emocionante cuando los sueños parecían alcanzables, junto con la esperanza de reivindicar casi 500 años de matanza, usurpación y falacia. Pero no. La tragedia no cesó. La rebeldía fue contestada con una ola de dictaduras viles que pretendieron homogeneizar las sociedades en sus respectivos países, pisando con una fuerte opresión cualquier tipo de actividad cultural que no estuviese conforme con los ideales y planes de “reorganización” nacional. Cualquier tipo de pensamiento contrario fue perseguido y castigado.

Y aunque la dictadura en Chile oficialmente terminó hace dos décadas y el gobierno actual asegura estar en una transición, culturalmente el país todavía padece de una dictadura psicológica. Es una dictadura que ya no se ve pero que se siente, que está en el aire, en las clases sociales, en las exclusiones, en las bromas racistas de mal gusto, en el chaqueteo. El país, entonces, está en su momento más peligroso de dictadura, el momento en que la gente cree que vive en democracia y no cuestiona las autoridades, dejando expuesto una población vulnerable a cualquier tipo de manipulación.

¿Pero es todo en vano? ¿Existen formas de sacar esta venda? ¿Existen maneras de luchar contra una condición psicológica? Por supuesto que sí. La respuesta se halla en uno de los motores más efectivos de fomentar el libre pensamiento: la contracultura.
Para distinguir una contracultura de cualquier otra cosa, hay que entender algunas de las características resaltantes que normalmente marcan su verdadera presencia. Contracultura es un estilo de vida que cuestiona, rechaza, y protesta contra la cultura dominante mediante varios canales culturales como el arte, la literatura, la música, y una estética personal. Busca ofrecer una ideología para pensar de una manera distinta y por ende tiene una carga y parada política. Contracultura, entonces, no es anti-cultura, sino una comunidad que niega estar envuelta por la cultura dominante y que cultiva otro sistema de valores.




Los escombros de varias contraculturas antiguas abundan en este país. Hay punk, anarquistas, hippies, hip-hoperos, neonazis, queer, ecologistas radicales, y un montón de tribus urbanas como los dark o góticos. Pero estas ideas de contracultura son bastantes convencionales (una paradoja en sí) y en muchos casos han terminado cooptadas por el mercado. El ejemplo quizás más emblemático es el punk, que empezó como una ideología que no solamente cuestionaba autoridad, sino la rechazaba y la resistía mediante un estilo de vida muy centrado en la música. Pero en un momento el mercado entendió que rebelarse era un ideal atractivo para jóvenes y el punk un negocio rentable para empresas. Por estos días hay todo tipo de mercancía punk, desde zapatillas estilo Converse con el diseño cuadrillé y remaches hasta DVD, poleras, afiches, adhesivos y chapas, muchas de las cuales proclaman que “el punk no ha muerto”. Así entraron miles de jóvenes en el círculo vicioso del consumismo y dejaron de lado una ideología no conforme.

El mercado siempre busca renovarse y en manera eficaz. Entonces gira en torno a lo emergente, lo alternativo, y las contraculturas le ofrecen una fuente variada de ideas para nuevas modas. Pero no toda contracultura corre el riesgo de estar cooptada por el mercado, hay otras culturas étnicas que adquieren características contraculturales mediante sus empeños de no perder tradiciones ancestrales dentro de la sociedad dominante.

Tal es el caso con la cultura Mapuche, el pueblo indígena más grande en Chile que ha resistido fuerzas invasores por más de cinco siglos, desde los Inca a los conquistadores españoles y hasta hoy en día en batalles constantes con las empresas privadas que encabezan las feroces industrias forestales, celulosas, y represas. La resistencia mapuche hoy se manifiesta de dos formas: recuperar sus tierras ancestrales (la mayoría concentradas en la región de la Araucanía o Wallmapu) y restablecer las necesidades fundamentales de la cultura, como tradición e idioma. Las formas de llevar a cabo esta resistencia en el contexto actual es lo que hace esta cultura de resistencia una contracultura.

Cuando escriben en español, activistas mapuche suelen utilizar un tipo alternativo de escritura, que no solamente rechaza el castellano correcto, sino evoca raíces del mapudungun. Por ejemplo, deletrear el nombre de la ciudad Temuco con una “k” en vez de una “c”, o el nombre “Waikilaf” en vez del español, “Huaquilaf”. Tampoco hacen faltan rayados en algún muro de la ciudad que dicen: “Libertad a los presos politikos mapuche”. Otros grupos anti-sistémicos habitualmente también ocupan esta técnica pero la diferencia resta en que el mapuche atribuye el cambio a que el alfabeto mapudungun no incluye la “c” española. Entonces es un tipo de código; es decidir no participar en la sistematización de la escritura establecida y recordar que existe otro idioma, que el establecido no es absoluto.

El lenguaje forma una de las bases de una cultura (o contracultura). Es también una de las maneras más efectivas de organizar una nación y crear una identidad común. Muchos mapuche, sobre todo los que han inmigrado a Santiago, han ido perdiendo su lengua originaria y por eso los activistas mapuche enfatizan una recuperación del mapudungun.
El grupo musical Wechekeche Ñi Trawun es un buen ejemplo de jóvenes mapuche urbanos llevando a cabo un proyecto para rescatar su cultura. Los integrantes, que son diez, ven su trabajo como una resistencia: “Nosotros veíamos como la lengua, nuestra cultura se va perdiendo, entonces dijimos, si los jóvenes no escuchan la música de nuestros ancestros, llevaremos su lengua en la que ellos están escuchando”. Y es así que a través de temas bilingües, en mapudungun y en español, mezclan música originaria mapuche con música popular (como rock, reggae, y hip-hop). El contenido de sus letras se trata de la identidad mapuche, la naturaleza, la discriminación, y las actuales represiones que viven comunidades mapuche en el sur. Su música no es muy rentable para la industria musical entonces ellos mismos sacan sus discos y organizan giras musicales mediante redes de jóvenes mapuche o personas en solidaridad con el pueblo mapuche. El compromiso aparece sincero, pues no buscan hacer negocio con su resistencia, sino fortalecer bases culturales dentro de los mismos integrantes de su cultura.
De igual manera la cultura mapuche corre el riesgo de estar institucionalizada, pero no por una moda barata ni con objetos que el mercado puede capitalizar. No, el Estado lo hace de una forma mucho más sutil y mediante concesiones de departamentos gubernamentales, como Conadi. Exceden las organizaciones mapuche que son reconocidas legítimamente ante la Conadi y también exceden las críticas de éste. Una de las más potentes apunta a que Conadi ofrece recursos concursables, causando una separación entre organizaciones o comunidades mapuche que postulan. En este sentido la solidaridad entre tales agrupaciones de activistas disminuye y sus acciones vuelven a tener menor peso.

Rescatar una cultura étnica no es la única forma de ser contracultural en Chile. La cultura hip-hop, que aparece en el país en los 80, es una cultura intrincada y rica que ofrece un canon positivo para muchos jóvenes buscando escapar la negatividad. No es solamente un género musical, es un estilo de vida que incorpora cuatro elementos: el rap, el DJ, el breakdance, y el grafiti. Con sus raíces en los guetos de EE.UU., empezó como una forma de canalizar una marginalización, frustración, y muchas veces denunciar conflictos raciales todavía presentes en ese país. Aunque hoy en día el hip-hop en EE.UU. se ha masificado a un nivel asqueroso, cambiando todos sus valores de resistencia a valores materiales y sexuales (poto y tetas), los hip-hoperos en Chile han mantenido relativamente las rebeldes características principales, y las aplican a problemas chilenos. El grupo Subverso es uno de los más conocidos que impulsa esta marea hip-hopera. Busca verbalizar la lucha y articular problemas sociales a través de rimas. En este sentido da poder a los que antes no tenían voz, algo que no ofrece la educación institucional en este país donde la palabra lleva mucho peso.

En la última mitad del siglo Chile ha creado una imagen de ser un país de poetas pero el campo poético acá está muy cerrado y la poesía en sí no es un género literario muy rentable para las editoriales. Respondiendo a la industria cultural y todas las restricciones impuestas por ella, existen muchos poetas que realizan sus propias editoriales, produciendo ediciones artesanales de sus obras, de fotocopia y corchete. Esto para producir un libro objeto y para circular lo que escriben, aunque sean chicos los círculos. Pero en esa misma acción están creando un vínculo entre poetas, entre una comunidad que realiza su obra de arte de manera muy auto-gestionada y marginal.

“Moda y Pueblo”, creada y difundida por Diego Ramírez, ejemplifica este tipo de editorial independiente. Ramírez también dirige talleres de escritura creativa, las cuales culminan en la fabricación de un libro artesanal. Pero los talleres no son solamente talleres de escritura, han formado un colectivo de arte bajo el mismo nombre de la editorial y realizan intervenciones poéticas en la calle, provocando con sus escrituras e ideologías en un espacio público. Este accionar es similar a lo del hip-hop, ofreciendo alternativas de la educación institucional para crear poder verbal y cuestionar autoridad. Además la poesía de Ramírez se trata de temas tabú en la sociedad chilena, como por ejemplo la historia de un amor homosexual, que produce una ruptura en el mundo literario chileno que está dominado por la masculinidad.
Ser contracultural es ser disidente. Significa también tomar riesgo y provocar. Y este accionar está ocurriendo en Chile dentro de varias comunidades contraculturales, algunas con el fin de conseguir autonomía cultural y otras creando bloques intelectuales que se enfrentan con los paradigmas de la sociedad chilena. ¿Pero tienen la capacidad de cambiar esos paradigmas? No lo sé. El consumismo y la dictadura psicológica en Chile mandan de manera feroz. Lo cierto es que integrarse en una contracultura ofrece un portal para empezar a pensar en esos problemas y dudar lo ya establecido. Es el primer paso hacia una sociedad mejor.






Thomás Rothe Leer más...

Posición y roles del Periodismo Cultural en prensa en su relación con la Industria Cultural

Si para abordar este tema nos remitimos exclusivamente a la concepción más macro que algunos autores expuestos en esta sala le otorgan al término de cultura, podría comenzar con la pregunta: ¿Qué periodismo no es cultural? ¿Es un ejercicio de periodismo cultural la cobertura de una exposición en el MoMa de la misma manera que lo es un artículo acerca de los jueces de un concurso de belleza infantil en Madrid? Si bien, este elemento podría ser bastante enriquecedor para otorgar un cimiento teórico a este tema, opté por no profundizar en esta discusión por razones tiempo, extensión, y sobre todo para no perder foco en un asunto que es muy concreto y con repercusiones muy palpables en la vida cotidiana como lo es el lugar que ocupa el periodista cultural y su responsabilidad social que tiene en la comunidad.

Ya lo decía un artículo de la página 2 de la edición del jueves 19 de marzo de 1812 de La Aurora de Chile: La Cultura es un buen elemento comercial. Es llamativo descubrir que las formas y expresiones de nuestra sociedad ya aparecían como contenido en los primeros números del primer periódico de la historia del país. Pero quizás es aún más singular el hecho de percibir que ya se le otorgaba un valor mercantil. Porque junto con las novedades de las actividades bélicas que se efectuaban en España y Portugal y el nombramiento de un cónsul para Estados Unidos, aparecía una pequeña nota en la que se hacía un llamado al comercio establecido para la importación de libros, bajo el argumento de que sería "un gran servicio a la patria" y que además se retribuiría en ganancias para aquel emprendedor que se animara a hacerlo. Sin duda eran los inicios de una relación compleja donde los límites quedan muy establecidos en las clases de ética periodística, pero que al final se vuelven difusos en el ejercicio.



No entraré en esa anacrónica discusión de si el periodismo es un oficio o una profesión. Para aquellos que postulan lo primero, entonces ya encontraron - de modo sucinto y bastante rústico - la aproximación inicial del mundo de la cultura con la prensa en el periódico de Fray Camilo Henríquez. Para los que creen en lo segundo, podrán revisar los microfilms de la Biblioteca Nacional para verificar que la temática cultural ha sido parte de los contenidos de la prensa local desde sus comienzos en la difusión masiva con El Mercurio de Valparaíso en adelante.

Esta inclusión de la cultura en la prensa no era un fenómeno local, sino que ya a fines del SXIX era una tendencia de la que el país formaba parte. Existe una historia que da cuenta de lo antiguo que es el periodismo cultural en la prensa y también de su compleja relación con la industria; una complejidad basada en el interés comercial que determina muchas veces el interés “noticiable” del asunto a difundir y en la poca distancia que a veces existe en la relación entre periodista y agentes culturales. La historia la hizo conocida el escritor y periodista norteamericano Gay Talese en su libro El Reino y el Poder. Allí relata que en 1896 el diario New York Times era dirigido Adolph Ochs, quien a la postre sería el principal responsable del éxito posterior de este periódico. Por esa época la esposa de Ochs, una cultivada mujer de la clase alta norteamericana, intentó convencer a su marido de incluir en el diario una sección de crítica de libros. Ochs, un hombre de negocios con poco interés a la lectura aceptó la idea, pero - apunta Talese - con la condición de que “se tratase a los libros como si fueran noticias y que se comenten con toda cortesía porque tenía sumo cuidado en no molestar a nadie”.

Con toda la habilidad en los negocios, Ochs difícilmente podría haber advertido que su visión de cómo abordar las temáticas culturales se convertiría en línea editorial para una cantidad importante de medios de comunicación tradicionales. El interés “noticiable” de las temáticas culturales comenzó a jugar un papel protagónico. Si se iba a hablar de un escritor, hacerlo desde su adicción a la droga o de su muerte prematura. Si se va a hablar de una película, que sea de la que vendió decenas de miles de entradas en su preventa o de la que llevó a una masa de fans a acampar en las afueras del cine previo a su estreno. Es así como se genera la errada idea de que la cultura sólo interesa cuando es noticia, una máxima que la llevaría al pié de la letra Henry Luce, el fundador del mega imperio de las revistas Time y Life, un personaje conocido por su incultura que consideraba que si algo no le interesaba, tampoco le iba a interesar al público y que - por lo mismo - no era noticia. Es llamativo ver cómo finalmente un sistema puede replicar esta dinámica de pensamiento hasta en los lugares más recónditos e influir la práctica del periodismo cultural con consecuencias que están a la vista de todos hoy en día. Porque el tiempo y los hechos confirmaron que en todos los países no sólo hay uno, sino que muchos Henry Luce como directores, editores, subeditores y - lamentablemente - como periodistas en la prensa mundial, y cómo no, en la chilena. Sí, porque es terrible, pero en cierto modo entendible, el afán comercial y el apego irrestricto a las líneas editoriales de aquellos profesionales escogidos a dedo por representantes de la propiedad de un medio, como lo pueden ser los directores y en menor medida los editores, pero es aún más terrible ver ese apego irrestricto al “oficialismo” mediático por parte de los periodistas, los último en la escala jerárquica de los medios y que no tienen ni un nexo o responsabilidad directa en velar por los intereses económicos de un periódico o una revista.

Para ser justos con la historia, el New York Times y revistas como Time y la desaparecida Life, hoy en día tienen poco y nada en común en cuanto a su forma de difundir la cultura, porque el New York Times creó por los sesenta un extenso departamento de crítica de libros, cine y arte en general, no así las revistas mencionadas.

Qué ocurre con el periodista cuando se instala este “oficialismo” en la prensa cultural motivado por intereses comerciales y de relaciones en extremo estrechas con la industria cultural. Básicamente, emerge la discusión interna del profesional: Seguir navegando por las tranquilas aguas del periodismo cultural estimulado por las instituciones dominantes dentro de los medios de comunicación tradicionales o animarse a más, a algo diferente y navegar por el demandante caudal del discurso alternativo. Dicho de otra forma: vamos a hablar únicamente de autores muertos o vamos a hablar también de los vivos. Y si el periodista toma valor y opta finalmente por el discurso alternativo, hay que definir lo siguiente: esa alternatividad la practicaremos dentro del “monstruo”, es decir generar el cambio de esa incombustible línea editorial tradicionalista al interior de los medios, o proponer las diferencias dentro de plataformas de difusión igualmente alternativas. Es decir, desde qué posición luchar contra la exclusión de contenidos

Sí, porque junto con la instalación de una voz oficial dentro del periodismo cultural, aparecen otras voces para difundir lo que por descriterio, optimización de recursos y priorización comercial no tienen cabida dentro del oficialismo. Ejemplos en el país hay muchos y algunos, desde los inicios del periodismo como ejercicio profesional a comienzos de la década de los 50's. Antes de esa fecha, en lo que se conoce como el periodismo moderno en Chile las expresiones de periodismo cultural provenían preferentemente de publicaciones que nacieron bajo el alero de grupos económicos que aún dominan la industria periodística. Revistas como “Zig-Zag” de Agustín Edwards Mac Clure, “Familia” y la publicación infantil “Peneca”, entre otras, difícilmente propondrían una línea editorial diferente a sus medios de comunicación primos como El Mercurio de Valparaiso, por dar un ejemplo. Sin embargo, lo que se rescata de aquella época es la proliferación de revistas especializadas a distintos segmentos, un elemento clave dentro del posterior ejercicio del periodismo cultural.

Este período sentó el escenario para que unos años más tarde, ya por los 50's surgiera una real y concreta propuesta de periodismo cultural alternativo. En Agosto del 52 aparece el primer número de la revista semanal "Vistazo" fundada y dirigida por el escritor comunista Luis Alberto Délano, la que se constituyó como escuela para escritores-periodistas como Luis Alberto Mansilla, Sergio Villegas, Augusto Olivares, José Miguel Varas, Raúl Mellado, entre otros.

Otro ejemplo de proyecto alternativo fue la Araucaria de Chile, publicación fundada en 1978 y dirigida por Volodia Teitelboim, que logró convertirse en un generoso sitio para la actividad literaria y como un espacio difusor de obras para los artistas exiliados de la época. Con relación a esto, por esos años el apagón cultural afectó a aquella parte la industria que no comulgaba con las políticas dictatoriales de Pinochet, y por consecuencia a toda prensa escrita que la difundía. Y fue en ese escenario como revistas de corte político como Análisis, Apsi, Hoy y Cauce siguieron la costumbre de promover esa parte de la actividad cultural que años atrás comenzaron la Araucaria y Vistazo entre otras. Ejemplos más recientes en el tiempo es la revista Rocinante, el proyecto dirigido por Faride Zerán que tras siete años de trabajo y periodismo independiente cerró el 2005 y The Clinic que aún sigue en circulación.

Más allá de las apreciaciones personales acerca de estas propuestas de periodismo cultural, todos estas, son sólo algunos de varios proyectos de intelectuales, periodistas, escritores y académicos que quisieron proponer una pauta distinta a lo que se podía leer en Artes y Letras de El Mercurio y en las secciones de cultura de La Tercera, Las Últimas Noticias y el resto de la prensa tradicional chilena. Gente que se cansó de ahondar año tras año acerca de la obra de clásicos autores ya fallecidos, el reestreno por cuadragésima octava vez de una muestra teatral o de la recopilación de las canciones que alcanzaron el número uno del ranking Bilboard del otrora cantante de moda, coincidente con el vigésimo aniversario de su muerte. Gente que entendió que la función del periodismo cultural no es solo refritar lo que ha sido cocinado por décadas y que ya comienza a dejar un olor nauseabundo de tanto recalentarlo. Gente que - por el contrario - considera que difundir, analizar e interpelar nuevos actores culturales es una forma eficaz y reactivadora de dejar de endiosar y satanizar a los mismos tipos de siempre.

Como ven, el periodismo cultural y la forma en que opera al interior del sistema se da a grosso modo en dos veredas. Pero el desafío del periodista no se remite únicamente a resolver en qué lugar de la industria comunicacional se va a ubicar. Es igualmente relevante que defina muy bien su aproximación con el actor cultural y para revelar el origen de algunas “irregularidades” de esta relación, hay que echar un vistazo a la ubicación que históricamente ha ostentado el artista tradicional como componente social.

De épocas inmemoriales se puede advertir la muy estrecha relación entre artistas y las clases dirigenciales. Desde la caricaturesca relación juglar - monarca, pasando por famosos pintores renacentistas financiados por gobiernos o mecenas y pensadores e intelectuales que cumplieron asesorías para los líderes de la ocasión. Hasta hoy en día, cuando los artistas tradicionales buscan el financiamiento de su producción con el patrocinio de alguna corporación, un “grupo de amigos de” o lisa y llanamente una empresa interesada en asociar su marca con lo que provoca su obra. Esta íntima relación se convierte finalmente en un triángulo amoroso cuando se integra el periodista en toda esta dinámica. Y no solo se integra el periodista, sino que junto a él sus temores y aspiraciones. Sus temores entran a ser un factor cuando por sus oídos retumba la frase del otrora dueño del NY Times, Adolph Ochs cuando se refería a “comentar con suma cortesía para no molestar a nadie”. Claro, no vaya a ser que critique vehementemente o - peor aún - olvide referirse a la obra del hijo pintor del amigo con que el director del medio juega tenis todos los martes en el Polo. O dejar fuera de pauta la exhibición de la cuñada del dueño de la revista. No seguiré ahondando en los estrechos vínculos entre la cultura tradicional y quienes dirigen los medios de comunicación en el país, porque por estos días ya suena a perogrullo. Por otro lado, se genera otro conflicto cuando el análisis se concentra solamente en la relación entre el actor cultural y el periodista. Por un lado está el interés de algunos de participar en ese hermético grupo influyente que componen líderes económicos y representantes del mundo de las artes. Un afán aspiracional de integrar esa elite que por cuna se le negó al periodista que lo lleva no pocas veces a realizar artículos condescendientes para con la fuente y así acceder a un mundo donde las invitaciones a aperturas de galerías y estrenos de discos son habituales. Donde el periodista se siente “parte de” cuando le llegan libros, películas aún no estrenadas, estrenos de discos y pases liberados a backstage, e incluso tickets aéreos para entrevistar al cantante de moda de forma completamente gratuita. Una ilusión de pertenencia que perdurará siempre y cuando escriba rindiendo pleitesías y finalmente cayendo en el clientelismo y el servilismo. Todos sabemos que el arte y la cultura en general en una sociedad inmadura puede generar el estatus que se le negó a amplios sectores sociales por el origen de su apellido o por el lugar donde nació y por lo mismo, todos hemos visto a algunos periodistas de cultura disfrutar más del “vino de honor” en el estreno de una exposición, que de la exposición misma.

Ante este escenario, todo indicaría que para hacer una propuesta de periodismo cultural con plenas libertades y desapego a lo ya establecido habría que transitar por la vereda de los contenidos alternativos. Claro, a muchos les atrae más la idea de hablar de lo que no tiene cabida en los medios que de los trillados contenidos que nos propone la prensa tradicional. Pero por qué son tan pocos los que se animan a hacerlo. La respuesta es muy simple: el financiamiento. El año 2005, cuando Rocinante dejó de galopar, su directora Faride Zerán declaró a con fina ironía “quizás deberíamos haber sido menos críticos, más cautos, no tan intransigentes ni categóricos en nuestros debates y puntos de vista. Como nos señalaban nuestros consejeros y reiteraban nuestros detractores, un medio en Chile no puede sostenerse si no tiene algo de farándula, una cuota de escándalo, y esa 'bendita' liviandad que permite llegar a todos de manera más alegre, amable, sin tanto 'rechinar' a todos los vientos".

El mercado manda tanto para moros como cristianos. Es poco riguroso dejarle a los análisis cuantitativos el poder total de develar verdades y certezas, pero un ejercicio que puede ser bastante saludable para dar cuenta con lo expuesto por la ex directora de Rocinante es tomar un diario cualquiera, un día cualquiera y fijarse en la extensión que se le da a las informaciones culturales y las de espectáculos, que los editores insisten en imprimirlas consecutivamente, como si la muerte de Benedetti tuviese algo en común con la entrevista a un personaje televisivo prófugo por deudas y estafa. Da lo mismo el diario y el día, la desproporción siempre será notoria en detrimento de las noticias culturales. El argumento más utilizado por los periodistas es que finalmente es el editor y no él, el que hace tal priorización, en una respuesta que por lo general contiene poca autocrítica. En ese argumento no aparece por ejemplo lo poco atractivo que puede llegar a ser en esta área la reactividad de su ejercicio, que en no pocas oportunidades se limita a una transcripción del comunicado de prensa enviado por una galería de arte, la empresa distribuidora de una película o el encargado de comunicaciones de un artista. Pero de la misma forma que hace estragos en el periodismo cultural la poca proactividad del periodista, también lo hace su manera de enfrentarse con la obra cultural.

A qué me refiero con esto, al mal habito de querer “encriptar” los contenidos para proyectar al público y sobre todo a los pares la idea de dominio y conocimiento del tema. La conformación de textos en extremo “aggiornados” con tecnicismos y palabras rimbombantes provoca caer en la descripción, en detrimento de la reflexión e irremediablemente al desinterés del público masivo. Creo firmemente en la responsabilidad del periodista de acercar los contenidos a la gente y esta tendencia no hace más que generar una gratificación personal, más que un aporte concreto, y que al final el texto sea leído por 4 gatos. Estoy en contra de los “ladrillos” porque no hacen más que alejar la cultura de la gente y eso no es culpa ni del sistema, ni de los dueños de medios sino que única y exclusivamente de los periodistas. No estoy a favor de que el periodismo cultural se desarrolle exclusivamente como lo propuso en su tiempo la desaparecida revista Ritmo y hoy en día medios como las revistas Vea o Tv y Novelas, pero tampoco como lo proponen algunos medios arrogantes que circulan con insistencia.

Como dije anteriormente el mercado manda para moros y cristianos, para oficialistas y alternativos. Sin embargo no veo al escenario con el tono apocalíptico que muchos avizoran como destino para el ejercicio del periodismo cultural en la actualidad. Es cierto que hoy en día no goza de muy buena salud ya que producto de la crisis económica imperante hay muchas publicaciones que se han visto obligadas a cerrar o reducir sus contenidos a la mínima expresión, como se puede constatar en la prensa tradicional. No por nada La Tercera debió cerrar su suplemento de Cultura de los fines de semana, para reducirse a un agregado del periódico mismo con el correspondiente despido masivo. En épocas de crisis el hilo se corta por lo más delgado y en este país pareciera ser los contenidos culturales. Aún así veo con cierto optimismo el futuro en esta área y lo veo de la mano con el desarrollo de las nuevas tecnologías, concretamente en internet.

Son muchos los que creen que esta herramienta no fue lo que prometió en sus comienzos y que definitivamente no cambió el panorama de los medios. Yo no lo considero tan así. Creo que la generación de contenidos en esta plataforma ha provocado profundas transformaciones en la difusión de temáticas y en la forma en que esto se lleva a cabo. Ejemplos hay muchos: en la televisión, la inclusión de contenidos de youtube, la exhibición de videos registrados por teléfonos celulares y subidos a la red como parte de reportajes denuncia. Hoy en día no es necesario ser periodista para capturar un hecho que puede encabezar los titulares de un noticiario, sino que lo diga el compañero de colegio que grabó a la buena de Naty, En radio: la proliferación de emisoras comunales que dan cabida a las bandas que no tienen espacio dentro de la programación de las radios sumidas en la uniformalización que les impone los monopolio de Iberoamerican y Grupo Dial. En cuanto a la prensa escrita el cambio se percibe en dos ámbitos: hoy en día los medios tradicionales ven en esta herramienta el espacio para aquellos contenidos que por criterios comerciales no fueron incluidos en la edición impresa, sino que lo diga Chinoy al que le destinaron una buena cantidad de caracteres para el comentario de su presentación de su disco “que salgan los dragones” nada más y nada menos que en Emol de El Mercurio. Bueno, entre paréntesis no es tan raro que un ex punk dedicado al folk pueda ser atractivo para medios tradicionales que siempre buscan lo que va a estar de moda luego. El otro ámbito en que internet juega un rol destacado en la prensa es en la difusión de propuestas alternativas y completamente independiente de los medios tradicionales. Sitios con un fuerte sentido literario como Mondadientes, La Maga, El Mapa y otros más dedicados a la cultura más light y comercial como Saborizante. En total son más de 900 sitios construidos por particulares, colectivos, museos, galerías, círculos literarios, aparato estatal, librerías y bibliotecas que comienzan a sentirse cada vez más cómodo en uno de los pocos medios que ha visto el crecimiento de la inversión publicitaria por estos días

En resumen, ni los atributos ni los vicios del periodismo cultural pasan únicamente por los criterios de quienes manejan los medios de comunicación tradicionales. Echarle la culpa al sistema es lo más fácil y sin duda animarse a tomar las riendas es lo más difícil. Lo interesante es que existen las formas para hacerlo, pero antes que todo hay que saber desde donde lo haremos. Desde donde acercaremos la cultura a la gente. Si es al interior del “monstruo”, el desafío será proponer nuevos contenidos y hacerlos de tal forma que sean de interés para el anquilosado criterio del jefe y no limitarse a lo que diga un comunicado de prensa. Si nos animamos a hacerlo desde la otra vereda, es vital concebir el proyecto de forma integral, ver su forma de subsistencia y no sólo ocuparse en la generación de los contenidos.

Hoy en día están los elementos para que no traicionemos nuestras pasiones y es cosa de nosotros hacerse cargo de ello.




Jorge Núñez
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