Juan Receptor
Que la televisión sea culpable de un atontamiento general de la población es imposible, primero porque, que yo sepa, ésta no se manda sola y segundo, porque así como Santiago no es Chile, la Tele no es la Cultura. Por otra parte, y más importante aún, el problema central no radica en lo que sale de ese aparato cuadrado y ruidoso, sino quién lo prende, por qué y finalmente cómo esa persona procesa la información. Esta es la historia de Juan Receptor ¿víctima o culpable? Lo sabremos en breves minutos -no se vaya-.
Juan Receptor se levanta temprano como todas las mañanas, arrepentido de haberse quedado despierto hasta tan tarde. Era noche de eliminación. Sale de la ducha medio dormido y se viste acompañado del matinal. Ya va 10 minutos tarde porque el tipo del tiempo no decía nunca si iba a llover o no. Entre ir y volver son más de tres horas diarias de luchas: por un espacio bajo techo en el paradero, por un cupo en la micro, por un asiento, porque lo dejen bajarse, por unos -buenos días- o una sonrisa.
Después de la larga jornada laboral, Juan Receptor llega cansado a su casa. Hoy no alcanzó a ver el final de la teleserie. Revisa un par de cuentas mientras escucha las malas noticias de las 9 y unos minutos después le pone off…no al televisor, a su cerebro.
El País de las Maravillas
Juan Receptor tiene un libro cubierto de polvo sobre su velador. Todos los viernes, de vuelta del trabajo, lee la sección de panoramas culturales en el diario gratuito del metro y lo bota cuando hace el trasbordo. Le encanta hacer sapping pero muchas veces siente que está aburrido. Cuando era niño se entretenía más jugando al emboque o a la nave espacial con la caja que quedó tirada, el día que llegó el primer televisor a su casa. Le gustaría saber más, comprender mejor las cosas que discuten en Tolerancia Cero o hasta haber aprendido francés para entender a Warken cuando se pone a leer novelas extranjeras en su programa. A veces sueña con recibir un suculento sueldo sin hacer prácticamente nada, - como los de la tele-.
No sería justo analizar qué es lo que se consume, sin considerar el uso que se le da a los productos consumidos, el significado y/o valor que les otorgamos a ellos, en relación a nuestro existir en el mundo. El goce, a mi entender, es un aspecto intrínseco y necesario en la vida del ser humano. Ahora bien, cuando éste se convierte en un recurso de escape de la propia realidad, puede considerársele sumamente peligroso, tal como a una droga cuando genera adicción y adormecimiento de las percepciones, el juicio y la valoración del resto de los espacios del vivir.
En este contexto resulta preocupante la idea que se ha instalado en las nuevas generaciones, de que en la televisión todo es posible y que los que están en ella, de una u otra forma son superiores – hasta ahí llega el supuesto sentimiento de semejanza que inspiraría la televisión, que no es más que un complejo de inferioridad disfrazado de admiración-. Programas como Rojo, el ex Mekano, ahora Yingo, los realitys y las teleseries llenas de actores que no saben actuar, son los nichos de los ídolos de hoy.
La dificultad para discernir entre realidad y ficción, la fascinación por un mundo ajeno y supuestamente mejor, y la resultante idealización, son algunos de los verdaderos problemas del fenómeno cultural de la televisión. Todos ellos tienen que ver prioritariamente con la percepción del espectador. O quizás, como propondrían los más críticos, los canales debieran tener un eterno GC en la esquina de la pantalla que lea “Advertencia: todo lo que usted ve aquí es mentira”.
Hoy es sábado, tarde de películas: “Alicia en el país de las maravillas”, - deben haberse hecho millonarios con esta tontera - piensa Juan Receptor- a los comerciales me hago algo para comer-.
Quieren Dinero
En la sociedad de mercado todas las actividades giran en torno al dinero. La televisión entonces no tendría por qué alienarse de aquello. Todos sabemos, especialmente en tiempos de crisis, que los medios de comunicación no tienen ninguna posibilidad de sobrevivencia si prescindieran de la publicidad. Ésta, a su vez, está dispuesta a sustentar a los medios sólo si pueden asegurarles una efectiva llegada a la población a la que apuntan, lo que se traduce en posicionamiento y crecimiento en las ventas: más dinero. Aquí entra en escena el famoso raiting y su varita mágica, el people meter. Este aparato, dicen los entendidos, es una herramienta fidedigna, altamente representativa de lo que la gente quiere ver. Si es así, entonces los insatisfechos con los contenidos de la televisión debieran emprenderla en contra de esta masa segmentada sin rostro. Gran problema. Si de algo cuenta, Juan Receptor no tiene people meter.
Este quizás es uno de los problemas; si todos los hogares de Chile pudieran manifestar sus intereses y repudios a través de tan útil sistema, quizás (y sólo quizás) la programación televisiva cambiaría. No hago esta afirmación con certeza porque, por una parte se mantiene la eterna pregunta (que no pretendería responder) sobre qué vino primero, el huevo o la gallina: ¿Son las personas las que piden el tipo de contenidos que son exhibidos por la televisión o es ésta la que impone los contenidos sobre las personas?
Por otra parte, no puedo si no dudar de la necesidad que tienen las fuerzas de poder, de mantener a los que estamos aquí debajo, lo más dormidos posible. Aunque queramos otra cosa podría no convenirles. El ignorante no es peligroso.
Mono Con Navaja
Los medios de comunicación son capaces de crear el mundo que nos rodea; el panorama contingente, un mapa de hechos y situaciones ocurriendo en nuestros barrios, ciudades, países y más allá, hasta la forma en que besamos. Quienes los manejan se dan a la tarea de guardar en carpetas, como archivos reservados, todo aquello que podría resultar por decir lo menos, inconveniente, ¡cuántas cosas se habrán silenciado o inventado! Llega a ser espeluznante imaginárselo.
Sin embargo, la televisión es una herramienta maravillosa, capaz de lograr hermosos sucesos. De qué otra forma podríamos conocer recónditos lugares, inaccesibles para la mayoría de los mortales o presenciar hechos históricos del mundo. Claro que en las manos equivocadas esta oportunidad, se convierte en una cárcel. Durante la dictadura en Chile, el mundo fue incapaz de enfrentarse a los horribles atentados a los derechos humanos, porque éstos fueron ocultados con canciones pegotes, programas de juegos y grandes festivales. Mientras miles de personas eran torturadas, los Huasos Quincheros cantaban en la Quinta Vergara y Don Francisco regalaba refrigeradores. Incluso hoy, en programas como TV o no TV, revisión historiográfica del rol de la televisión en nuestro país, se sigue construyendo una imagen, muy conveniente para algunos, muy reducida para otros.
El caso de Pascua Lama o la inminente explotación de energía geotérmica en los Geysers del Tatio, la causa mapuche y la construcción de represas en la Patagonia. Músicos nacionales que ganan premios y se van de gira al extranjero, trabajando por rescatar y darle forma a un sonido chileno; ¿Son temas que no venden? No pretendo plantear la opción de que se trabaje en pos de una alienación del mercado. El cambio debe venir desde dentro. El mensaje entonces sería algo así como “Si se la puede, compre”.
La información es poder. Por lo tanto, son los ambiciosos los que la persiguen. ¿O ven acaso a una Madre Teresa de Calcuta o a un Nelson Mandela, manejando la parrilla programática de un canal, analizando minuto a minuto el people meter on-line? Los grandes mensajeros de nuestra era (si es que existen), las guías para el ejercicio del despertar de la conciencia y los estímulos intelectuales para desarrollar un pensamiento enriquecedor, para bien o para mal, no están en la televisión. Bueno, un lugar menos dónde buscar.
La Tele No es La Cultura
Ya es domingo y Juan Receptor se levanta sin mucho ánimo. La doña quiere salir con los niños y él tiene que acompañarlos, cuando en realidad la fuerza de la costumbre lo llama a quedarse en la cama, tomar el control remoto y ejercitar el pulgar. -Es el único día de la semana que tengo para descansar- regaña entre dientes. Todos listos y dispuestos. Primera parada: Plaza de Armas. Juan Receptor se sorprendió de la cantidad de gente que transitaba por el Paseo Ahumada. En su cabeza, los domingos el centro estaba muerto. Convenientemente para mí, esta es la primera vez en años que sale de su querida monotonía.
Pintores, mendigos, poetas, mimos, predicadores y jubilados. Olor a galletas recién horneadas, frituras y maní confitado. Juan Receptor camina entre la multitud, sin percatarse de la comodidad que experimenta. Es esa sensación, casi siempre inconciente, de pertenencia.
Para las ciencias sociales el concepto cultura lo abarca todo, desde los objetos materiales con los que convivimos diariamente hasta aquello simbólico, el conjunto de significados, normas y creencias de una sociedad. Juan Receptor camina a paso seguro por el tumulto y nunca choca con alguien.
Ahora bien, también existe la acepción de “alta cultura”, la que ya en su denominación me parece de una reprochable altanería; ésta ha perdido terreno con la llegada de técnicas más accesibles, versátiles, incluso más comprensibles o interpretables y por qué no, más estimulantes para muchos. La fotografía, el video-arte, la instalación, los cuentos cortos en la narrativa. No son áreas comparables a un concierto de música clásica o a un espectáculo de ballet. Y es que no tienen que ser comparadas, porque vienen desde lugares distintos y apuntan hacia hilos sensoriales diferentes. Lo que no significa necesariamente que una sea mejor que la otra, en sí misma y en la experiencia estética que pueda convocar. Aunque muchas intenten ser reconocidas como “alta cultura”.
Juan Receptor y su familia llegaron al Parque Forestal, no quiso entrar al Bellas Artes porque no le ve la gracia. Nadie le enseñó a observar una pintura, no conoce el proceso de creación de un grabado ni ha escuchado jamás lo que es el punto de fuga. Nunca se lo ha dicho a alguien, pero prefiere evitarse la vergüenza.
Lo cierto es que en Chile sí hay movimientos culturales- artísticos. Un “Santiago en 100 palabras”, el Galpón Víctor Jara o músicos editando discos, exposiciones gratuitas, ciclos de cine, funciones rebajadas en el Municipal, galerías de libros usados. No serán empresas que le signifiquen grandes ingresos a sus integrantes o al país, y espero que ese no sea el propósito último, pero, y perdón si molesto a alguien con un excesivo optimismo, hay gente llamando y cada vez hay más respuestas. Qué más real o más honesto que lo que no se muestra en la televisión.
En Comerciales…
Los lamentables daños que ha generado la economía cultural son, a mí parecer, irreversibles. La construcción de las sociedades en base al consumo es una innegable realidad y mantenerse al margen de ella es imposible. Querer ganarse la vida con el propio arte no es pecado ni debiera disminuir el valor estético de una obra en sí misma, ni de un movimiento o manifestación cultural. De manera que la respuesta no está en darle la espalda a esta realidad, acrecentando el profundo individualismo, sino que crear matices cada vez más claros y positivos dentro de la vorágine del mercado.
La televisión no es diabólica, ni siquiera con los contenidos que hoy se exhiben; la perversión está en que sea lo único que exista en la vida de los individuos. Aunque sí sería una lástima perder este soporte a merced de mentes astutas y superfluas. En el periodista, por ejemplo, debería primar la vocación educadora y, con las herramientas disponibles y que le sean más cómodas, invitar a pensar, reflexionar y aprehender. Sin un genuino amor por el conocimiento, esta tarea pierde sentido, adquiere demasiada fugacidad y el valioso objetivo queda en el camino, como osamentas de ideas ingenuas y utópicas.
¿Puede la cultura ser modificada? Si entendemos la cultura como todo el conjunto de experiencias de las personas, materiales y no materiales, me atrevería a decir que sí; la mayoría de estos elementos tienen que ver con hábitos, que en esencia son mutables, también como el cerebro se puede ejercitar. La diferencia está entre lo posible y la capacidad en la práctica. Somos hijos de un pueblo saturado de confrontación, que no conoce otra forma de actuar; frente a una sobredosis de enfrentamiento, hoy sufrimos un profundo caso de pereza ideológica.
Con la certeza de caer en un cliché, no puedo dejar de mencionar el crucial rol de la educación en la esfera cultural. La deplorable calidad en la enseñanza, de la que no se escapan los países desarrollados, repercute en la forma en la que nos relacionamos tanto en la cultura académica como en la cultura social. Nuevamente: el necesario desarrollo de hábitos.
Juan Receptor -gracias a Dios- como dice él, puede suplir todas las necesidades básicas de él y su familia; techo, comida, vestimenta, educación, hasta vacaciones y uno que otro lujito al mes; tiene Internet en la casa, sabe leer, escribir y pensar.
En esta sociedad postmoderna cada uno se rasca con sus propias uñas. Claro que es legítimo querer que la televisión abra espacios para nuevas y diversas manifestaciones de la cultura, tanto social como docta, pero esto no se puede esperar si es que la gran mayoría de las personas, sin importar el segmento al que seamos adscritos, no buscamos ni mantenemos un acercamiento sostenido con estos conocimientos y formas de construcción del mundo.
Juan Receptor llega a su casa después de la tarde familiar pensando que debería salir más seguido. A los días ya se le había olvidado.
Juan Receptor es tanto víctima como culpable de su propia suerte. Ojalá que pronto, aunque sea en los comerciales, haga algo más que sólo comer.
Juan Receptor se levanta temprano como todas las mañanas, arrepentido de haberse quedado despierto hasta tan tarde. Era noche de eliminación. Sale de la ducha medio dormido y se viste acompañado del matinal. Ya va 10 minutos tarde porque el tipo del tiempo no decía nunca si iba a llover o no. Entre ir y volver son más de tres horas diarias de luchas: por un espacio bajo techo en el paradero, por un cupo en la micro, por un asiento, porque lo dejen bajarse, por unos -buenos días- o una sonrisa.
Después de la larga jornada laboral, Juan Receptor llega cansado a su casa. Hoy no alcanzó a ver el final de la teleserie. Revisa un par de cuentas mientras escucha las malas noticias de las 9 y unos minutos después le pone off…no al televisor, a su cerebro.
El País de las Maravillas
Juan Receptor tiene un libro cubierto de polvo sobre su velador. Todos los viernes, de vuelta del trabajo, lee la sección de panoramas culturales en el diario gratuito del metro y lo bota cuando hace el trasbordo. Le encanta hacer sapping pero muchas veces siente que está aburrido. Cuando era niño se entretenía más jugando al emboque o a la nave espacial con la caja que quedó tirada, el día que llegó el primer televisor a su casa. Le gustaría saber más, comprender mejor las cosas que discuten en Tolerancia Cero o hasta haber aprendido francés para entender a Warken cuando se pone a leer novelas extranjeras en su programa. A veces sueña con recibir un suculento sueldo sin hacer prácticamente nada, - como los de la tele-.
No sería justo analizar qué es lo que se consume, sin considerar el uso que se le da a los productos consumidos, el significado y/o valor que les otorgamos a ellos, en relación a nuestro existir en el mundo. El goce, a mi entender, es un aspecto intrínseco y necesario en la vida del ser humano. Ahora bien, cuando éste se convierte en un recurso de escape de la propia realidad, puede considerársele sumamente peligroso, tal como a una droga cuando genera adicción y adormecimiento de las percepciones, el juicio y la valoración del resto de los espacios del vivir.
En este contexto resulta preocupante la idea que se ha instalado en las nuevas generaciones, de que en la televisión todo es posible y que los que están en ella, de una u otra forma son superiores – hasta ahí llega el supuesto sentimiento de semejanza que inspiraría la televisión, que no es más que un complejo de inferioridad disfrazado de admiración-. Programas como Rojo, el ex Mekano, ahora Yingo, los realitys y las teleseries llenas de actores que no saben actuar, son los nichos de los ídolos de hoy.
La dificultad para discernir entre realidad y ficción, la fascinación por un mundo ajeno y supuestamente mejor, y la resultante idealización, son algunos de los verdaderos problemas del fenómeno cultural de la televisión. Todos ellos tienen que ver prioritariamente con la percepción del espectador. O quizás, como propondrían los más críticos, los canales debieran tener un eterno GC en la esquina de la pantalla que lea “Advertencia: todo lo que usted ve aquí es mentira”.
Hoy es sábado, tarde de películas: “Alicia en el país de las maravillas”, - deben haberse hecho millonarios con esta tontera - piensa Juan Receptor- a los comerciales me hago algo para comer-.
Quieren Dinero
En la sociedad de mercado todas las actividades giran en torno al dinero. La televisión entonces no tendría por qué alienarse de aquello. Todos sabemos, especialmente en tiempos de crisis, que los medios de comunicación no tienen ninguna posibilidad de sobrevivencia si prescindieran de la publicidad. Ésta, a su vez, está dispuesta a sustentar a los medios sólo si pueden asegurarles una efectiva llegada a la población a la que apuntan, lo que se traduce en posicionamiento y crecimiento en las ventas: más dinero. Aquí entra en escena el famoso raiting y su varita mágica, el people meter. Este aparato, dicen los entendidos, es una herramienta fidedigna, altamente representativa de lo que la gente quiere ver. Si es así, entonces los insatisfechos con los contenidos de la televisión debieran emprenderla en contra de esta masa segmentada sin rostro. Gran problema. Si de algo cuenta, Juan Receptor no tiene people meter.
Este quizás es uno de los problemas; si todos los hogares de Chile pudieran manifestar sus intereses y repudios a través de tan útil sistema, quizás (y sólo quizás) la programación televisiva cambiaría. No hago esta afirmación con certeza porque, por una parte se mantiene la eterna pregunta (que no pretendería responder) sobre qué vino primero, el huevo o la gallina: ¿Son las personas las que piden el tipo de contenidos que son exhibidos por la televisión o es ésta la que impone los contenidos sobre las personas?
Por otra parte, no puedo si no dudar de la necesidad que tienen las fuerzas de poder, de mantener a los que estamos aquí debajo, lo más dormidos posible. Aunque queramos otra cosa podría no convenirles. El ignorante no es peligroso.
Mono Con Navaja
Los medios de comunicación son capaces de crear el mundo que nos rodea; el panorama contingente, un mapa de hechos y situaciones ocurriendo en nuestros barrios, ciudades, países y más allá, hasta la forma en que besamos. Quienes los manejan se dan a la tarea de guardar en carpetas, como archivos reservados, todo aquello que podría resultar por decir lo menos, inconveniente, ¡cuántas cosas se habrán silenciado o inventado! Llega a ser espeluznante imaginárselo.
Sin embargo, la televisión es una herramienta maravillosa, capaz de lograr hermosos sucesos. De qué otra forma podríamos conocer recónditos lugares, inaccesibles para la mayoría de los mortales o presenciar hechos históricos del mundo. Claro que en las manos equivocadas esta oportunidad, se convierte en una cárcel. Durante la dictadura en Chile, el mundo fue incapaz de enfrentarse a los horribles atentados a los derechos humanos, porque éstos fueron ocultados con canciones pegotes, programas de juegos y grandes festivales. Mientras miles de personas eran torturadas, los Huasos Quincheros cantaban en la Quinta Vergara y Don Francisco regalaba refrigeradores. Incluso hoy, en programas como TV o no TV, revisión historiográfica del rol de la televisión en nuestro país, se sigue construyendo una imagen, muy conveniente para algunos, muy reducida para otros.
El caso de Pascua Lama o la inminente explotación de energía geotérmica en los Geysers del Tatio, la causa mapuche y la construcción de represas en la Patagonia. Músicos nacionales que ganan premios y se van de gira al extranjero, trabajando por rescatar y darle forma a un sonido chileno; ¿Son temas que no venden? No pretendo plantear la opción de que se trabaje en pos de una alienación del mercado. El cambio debe venir desde dentro. El mensaje entonces sería algo así como “Si se la puede, compre”.
La información es poder. Por lo tanto, son los ambiciosos los que la persiguen. ¿O ven acaso a una Madre Teresa de Calcuta o a un Nelson Mandela, manejando la parrilla programática de un canal, analizando minuto a minuto el people meter on-line? Los grandes mensajeros de nuestra era (si es que existen), las guías para el ejercicio del despertar de la conciencia y los estímulos intelectuales para desarrollar un pensamiento enriquecedor, para bien o para mal, no están en la televisión. Bueno, un lugar menos dónde buscar.
La Tele No es La Cultura
Ya es domingo y Juan Receptor se levanta sin mucho ánimo. La doña quiere salir con los niños y él tiene que acompañarlos, cuando en realidad la fuerza de la costumbre lo llama a quedarse en la cama, tomar el control remoto y ejercitar el pulgar. -Es el único día de la semana que tengo para descansar- regaña entre dientes. Todos listos y dispuestos. Primera parada: Plaza de Armas. Juan Receptor se sorprendió de la cantidad de gente que transitaba por el Paseo Ahumada. En su cabeza, los domingos el centro estaba muerto. Convenientemente para mí, esta es la primera vez en años que sale de su querida monotonía.
Pintores, mendigos, poetas, mimos, predicadores y jubilados. Olor a galletas recién horneadas, frituras y maní confitado. Juan Receptor camina entre la multitud, sin percatarse de la comodidad que experimenta. Es esa sensación, casi siempre inconciente, de pertenencia.
Para las ciencias sociales el concepto cultura lo abarca todo, desde los objetos materiales con los que convivimos diariamente hasta aquello simbólico, el conjunto de significados, normas y creencias de una sociedad. Juan Receptor camina a paso seguro por el tumulto y nunca choca con alguien.
Ahora bien, también existe la acepción de “alta cultura”, la que ya en su denominación me parece de una reprochable altanería; ésta ha perdido terreno con la llegada de técnicas más accesibles, versátiles, incluso más comprensibles o interpretables y por qué no, más estimulantes para muchos. La fotografía, el video-arte, la instalación, los cuentos cortos en la narrativa. No son áreas comparables a un concierto de música clásica o a un espectáculo de ballet. Y es que no tienen que ser comparadas, porque vienen desde lugares distintos y apuntan hacia hilos sensoriales diferentes. Lo que no significa necesariamente que una sea mejor que la otra, en sí misma y en la experiencia estética que pueda convocar. Aunque muchas intenten ser reconocidas como “alta cultura”.
Juan Receptor y su familia llegaron al Parque Forestal, no quiso entrar al Bellas Artes porque no le ve la gracia. Nadie le enseñó a observar una pintura, no conoce el proceso de creación de un grabado ni ha escuchado jamás lo que es el punto de fuga. Nunca se lo ha dicho a alguien, pero prefiere evitarse la vergüenza.
Lo cierto es que en Chile sí hay movimientos culturales- artísticos. Un “Santiago en 100 palabras”, el Galpón Víctor Jara o músicos editando discos, exposiciones gratuitas, ciclos de cine, funciones rebajadas en el Municipal, galerías de libros usados. No serán empresas que le signifiquen grandes ingresos a sus integrantes o al país, y espero que ese no sea el propósito último, pero, y perdón si molesto a alguien con un excesivo optimismo, hay gente llamando y cada vez hay más respuestas. Qué más real o más honesto que lo que no se muestra en la televisión.
En Comerciales…
Los lamentables daños que ha generado la economía cultural son, a mí parecer, irreversibles. La construcción de las sociedades en base al consumo es una innegable realidad y mantenerse al margen de ella es imposible. Querer ganarse la vida con el propio arte no es pecado ni debiera disminuir el valor estético de una obra en sí misma, ni de un movimiento o manifestación cultural. De manera que la respuesta no está en darle la espalda a esta realidad, acrecentando el profundo individualismo, sino que crear matices cada vez más claros y positivos dentro de la vorágine del mercado.
La televisión no es diabólica, ni siquiera con los contenidos que hoy se exhiben; la perversión está en que sea lo único que exista en la vida de los individuos. Aunque sí sería una lástima perder este soporte a merced de mentes astutas y superfluas. En el periodista, por ejemplo, debería primar la vocación educadora y, con las herramientas disponibles y que le sean más cómodas, invitar a pensar, reflexionar y aprehender. Sin un genuino amor por el conocimiento, esta tarea pierde sentido, adquiere demasiada fugacidad y el valioso objetivo queda en el camino, como osamentas de ideas ingenuas y utópicas.
¿Puede la cultura ser modificada? Si entendemos la cultura como todo el conjunto de experiencias de las personas, materiales y no materiales, me atrevería a decir que sí; la mayoría de estos elementos tienen que ver con hábitos, que en esencia son mutables, también como el cerebro se puede ejercitar. La diferencia está entre lo posible y la capacidad en la práctica. Somos hijos de un pueblo saturado de confrontación, que no conoce otra forma de actuar; frente a una sobredosis de enfrentamiento, hoy sufrimos un profundo caso de pereza ideológica.
Con la certeza de caer en un cliché, no puedo dejar de mencionar el crucial rol de la educación en la esfera cultural. La deplorable calidad en la enseñanza, de la que no se escapan los países desarrollados, repercute en la forma en la que nos relacionamos tanto en la cultura académica como en la cultura social. Nuevamente: el necesario desarrollo de hábitos.
Juan Receptor -gracias a Dios- como dice él, puede suplir todas las necesidades básicas de él y su familia; techo, comida, vestimenta, educación, hasta vacaciones y uno que otro lujito al mes; tiene Internet en la casa, sabe leer, escribir y pensar.
En esta sociedad postmoderna cada uno se rasca con sus propias uñas. Claro que es legítimo querer que la televisión abra espacios para nuevas y diversas manifestaciones de la cultura, tanto social como docta, pero esto no se puede esperar si es que la gran mayoría de las personas, sin importar el segmento al que seamos adscritos, no buscamos ni mantenemos un acercamiento sostenido con estos conocimientos y formas de construcción del mundo.
Juan Receptor llega a su casa después de la tarde familiar pensando que debería salir más seguido. A los días ya se le había olvidado.
Juan Receptor es tanto víctima como culpable de su propia suerte. Ojalá que pronto, aunque sea en los comerciales, haga algo más que sólo comer.
Mónica Lowick-Russell
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