domingo, 24 de mayo de 2009

Posición y roles del Periodismo Cultural en prensa en su relación con la Industria Cultural

Si para abordar este tema nos remitimos exclusivamente a la concepción más macro que algunos autores expuestos en esta sala le otorgan al término de cultura, podría comenzar con la pregunta: ¿Qué periodismo no es cultural? ¿Es un ejercicio de periodismo cultural la cobertura de una exposición en el MoMa de la misma manera que lo es un artículo acerca de los jueces de un concurso de belleza infantil en Madrid? Si bien, este elemento podría ser bastante enriquecedor para otorgar un cimiento teórico a este tema, opté por no profundizar en esta discusión por razones tiempo, extensión, y sobre todo para no perder foco en un asunto que es muy concreto y con repercusiones muy palpables en la vida cotidiana como lo es el lugar que ocupa el periodista cultural y su responsabilidad social que tiene en la comunidad.

Ya lo decía un artículo de la página 2 de la edición del jueves 19 de marzo de 1812 de La Aurora de Chile: La Cultura es un buen elemento comercial. Es llamativo descubrir que las formas y expresiones de nuestra sociedad ya aparecían como contenido en los primeros números del primer periódico de la historia del país. Pero quizás es aún más singular el hecho de percibir que ya se le otorgaba un valor mercantil. Porque junto con las novedades de las actividades bélicas que se efectuaban en España y Portugal y el nombramiento de un cónsul para Estados Unidos, aparecía una pequeña nota en la que se hacía un llamado al comercio establecido para la importación de libros, bajo el argumento de que sería "un gran servicio a la patria" y que además se retribuiría en ganancias para aquel emprendedor que se animara a hacerlo. Sin duda eran los inicios de una relación compleja donde los límites quedan muy establecidos en las clases de ética periodística, pero que al final se vuelven difusos en el ejercicio.



No entraré en esa anacrónica discusión de si el periodismo es un oficio o una profesión. Para aquellos que postulan lo primero, entonces ya encontraron - de modo sucinto y bastante rústico - la aproximación inicial del mundo de la cultura con la prensa en el periódico de Fray Camilo Henríquez. Para los que creen en lo segundo, podrán revisar los microfilms de la Biblioteca Nacional para verificar que la temática cultural ha sido parte de los contenidos de la prensa local desde sus comienzos en la difusión masiva con El Mercurio de Valparaíso en adelante.

Esta inclusión de la cultura en la prensa no era un fenómeno local, sino que ya a fines del SXIX era una tendencia de la que el país formaba parte. Existe una historia que da cuenta de lo antiguo que es el periodismo cultural en la prensa y también de su compleja relación con la industria; una complejidad basada en el interés comercial que determina muchas veces el interés “noticiable” del asunto a difundir y en la poca distancia que a veces existe en la relación entre periodista y agentes culturales. La historia la hizo conocida el escritor y periodista norteamericano Gay Talese en su libro El Reino y el Poder. Allí relata que en 1896 el diario New York Times era dirigido Adolph Ochs, quien a la postre sería el principal responsable del éxito posterior de este periódico. Por esa época la esposa de Ochs, una cultivada mujer de la clase alta norteamericana, intentó convencer a su marido de incluir en el diario una sección de crítica de libros. Ochs, un hombre de negocios con poco interés a la lectura aceptó la idea, pero - apunta Talese - con la condición de que “se tratase a los libros como si fueran noticias y que se comenten con toda cortesía porque tenía sumo cuidado en no molestar a nadie”.

Con toda la habilidad en los negocios, Ochs difícilmente podría haber advertido que su visión de cómo abordar las temáticas culturales se convertiría en línea editorial para una cantidad importante de medios de comunicación tradicionales. El interés “noticiable” de las temáticas culturales comenzó a jugar un papel protagónico. Si se iba a hablar de un escritor, hacerlo desde su adicción a la droga o de su muerte prematura. Si se va a hablar de una película, que sea de la que vendió decenas de miles de entradas en su preventa o de la que llevó a una masa de fans a acampar en las afueras del cine previo a su estreno. Es así como se genera la errada idea de que la cultura sólo interesa cuando es noticia, una máxima que la llevaría al pié de la letra Henry Luce, el fundador del mega imperio de las revistas Time y Life, un personaje conocido por su incultura que consideraba que si algo no le interesaba, tampoco le iba a interesar al público y que - por lo mismo - no era noticia. Es llamativo ver cómo finalmente un sistema puede replicar esta dinámica de pensamiento hasta en los lugares más recónditos e influir la práctica del periodismo cultural con consecuencias que están a la vista de todos hoy en día. Porque el tiempo y los hechos confirmaron que en todos los países no sólo hay uno, sino que muchos Henry Luce como directores, editores, subeditores y - lamentablemente - como periodistas en la prensa mundial, y cómo no, en la chilena. Sí, porque es terrible, pero en cierto modo entendible, el afán comercial y el apego irrestricto a las líneas editoriales de aquellos profesionales escogidos a dedo por representantes de la propiedad de un medio, como lo pueden ser los directores y en menor medida los editores, pero es aún más terrible ver ese apego irrestricto al “oficialismo” mediático por parte de los periodistas, los último en la escala jerárquica de los medios y que no tienen ni un nexo o responsabilidad directa en velar por los intereses económicos de un periódico o una revista.

Para ser justos con la historia, el New York Times y revistas como Time y la desaparecida Life, hoy en día tienen poco y nada en común en cuanto a su forma de difundir la cultura, porque el New York Times creó por los sesenta un extenso departamento de crítica de libros, cine y arte en general, no así las revistas mencionadas.

Qué ocurre con el periodista cuando se instala este “oficialismo” en la prensa cultural motivado por intereses comerciales y de relaciones en extremo estrechas con la industria cultural. Básicamente, emerge la discusión interna del profesional: Seguir navegando por las tranquilas aguas del periodismo cultural estimulado por las instituciones dominantes dentro de los medios de comunicación tradicionales o animarse a más, a algo diferente y navegar por el demandante caudal del discurso alternativo. Dicho de otra forma: vamos a hablar únicamente de autores muertos o vamos a hablar también de los vivos. Y si el periodista toma valor y opta finalmente por el discurso alternativo, hay que definir lo siguiente: esa alternatividad la practicaremos dentro del “monstruo”, es decir generar el cambio de esa incombustible línea editorial tradicionalista al interior de los medios, o proponer las diferencias dentro de plataformas de difusión igualmente alternativas. Es decir, desde qué posición luchar contra la exclusión de contenidos

Sí, porque junto con la instalación de una voz oficial dentro del periodismo cultural, aparecen otras voces para difundir lo que por descriterio, optimización de recursos y priorización comercial no tienen cabida dentro del oficialismo. Ejemplos en el país hay muchos y algunos, desde los inicios del periodismo como ejercicio profesional a comienzos de la década de los 50's. Antes de esa fecha, en lo que se conoce como el periodismo moderno en Chile las expresiones de periodismo cultural provenían preferentemente de publicaciones que nacieron bajo el alero de grupos económicos que aún dominan la industria periodística. Revistas como “Zig-Zag” de Agustín Edwards Mac Clure, “Familia” y la publicación infantil “Peneca”, entre otras, difícilmente propondrían una línea editorial diferente a sus medios de comunicación primos como El Mercurio de Valparaiso, por dar un ejemplo. Sin embargo, lo que se rescata de aquella época es la proliferación de revistas especializadas a distintos segmentos, un elemento clave dentro del posterior ejercicio del periodismo cultural.

Este período sentó el escenario para que unos años más tarde, ya por los 50's surgiera una real y concreta propuesta de periodismo cultural alternativo. En Agosto del 52 aparece el primer número de la revista semanal "Vistazo" fundada y dirigida por el escritor comunista Luis Alberto Délano, la que se constituyó como escuela para escritores-periodistas como Luis Alberto Mansilla, Sergio Villegas, Augusto Olivares, José Miguel Varas, Raúl Mellado, entre otros.

Otro ejemplo de proyecto alternativo fue la Araucaria de Chile, publicación fundada en 1978 y dirigida por Volodia Teitelboim, que logró convertirse en un generoso sitio para la actividad literaria y como un espacio difusor de obras para los artistas exiliados de la época. Con relación a esto, por esos años el apagón cultural afectó a aquella parte la industria que no comulgaba con las políticas dictatoriales de Pinochet, y por consecuencia a toda prensa escrita que la difundía. Y fue en ese escenario como revistas de corte político como Análisis, Apsi, Hoy y Cauce siguieron la costumbre de promover esa parte de la actividad cultural que años atrás comenzaron la Araucaria y Vistazo entre otras. Ejemplos más recientes en el tiempo es la revista Rocinante, el proyecto dirigido por Faride Zerán que tras siete años de trabajo y periodismo independiente cerró el 2005 y The Clinic que aún sigue en circulación.

Más allá de las apreciaciones personales acerca de estas propuestas de periodismo cultural, todos estas, son sólo algunos de varios proyectos de intelectuales, periodistas, escritores y académicos que quisieron proponer una pauta distinta a lo que se podía leer en Artes y Letras de El Mercurio y en las secciones de cultura de La Tercera, Las Últimas Noticias y el resto de la prensa tradicional chilena. Gente que se cansó de ahondar año tras año acerca de la obra de clásicos autores ya fallecidos, el reestreno por cuadragésima octava vez de una muestra teatral o de la recopilación de las canciones que alcanzaron el número uno del ranking Bilboard del otrora cantante de moda, coincidente con el vigésimo aniversario de su muerte. Gente que entendió que la función del periodismo cultural no es solo refritar lo que ha sido cocinado por décadas y que ya comienza a dejar un olor nauseabundo de tanto recalentarlo. Gente que - por el contrario - considera que difundir, analizar e interpelar nuevos actores culturales es una forma eficaz y reactivadora de dejar de endiosar y satanizar a los mismos tipos de siempre.

Como ven, el periodismo cultural y la forma en que opera al interior del sistema se da a grosso modo en dos veredas. Pero el desafío del periodista no se remite únicamente a resolver en qué lugar de la industria comunicacional se va a ubicar. Es igualmente relevante que defina muy bien su aproximación con el actor cultural y para revelar el origen de algunas “irregularidades” de esta relación, hay que echar un vistazo a la ubicación que históricamente ha ostentado el artista tradicional como componente social.

De épocas inmemoriales se puede advertir la muy estrecha relación entre artistas y las clases dirigenciales. Desde la caricaturesca relación juglar - monarca, pasando por famosos pintores renacentistas financiados por gobiernos o mecenas y pensadores e intelectuales que cumplieron asesorías para los líderes de la ocasión. Hasta hoy en día, cuando los artistas tradicionales buscan el financiamiento de su producción con el patrocinio de alguna corporación, un “grupo de amigos de” o lisa y llanamente una empresa interesada en asociar su marca con lo que provoca su obra. Esta íntima relación se convierte finalmente en un triángulo amoroso cuando se integra el periodista en toda esta dinámica. Y no solo se integra el periodista, sino que junto a él sus temores y aspiraciones. Sus temores entran a ser un factor cuando por sus oídos retumba la frase del otrora dueño del NY Times, Adolph Ochs cuando se refería a “comentar con suma cortesía para no molestar a nadie”. Claro, no vaya a ser que critique vehementemente o - peor aún - olvide referirse a la obra del hijo pintor del amigo con que el director del medio juega tenis todos los martes en el Polo. O dejar fuera de pauta la exhibición de la cuñada del dueño de la revista. No seguiré ahondando en los estrechos vínculos entre la cultura tradicional y quienes dirigen los medios de comunicación en el país, porque por estos días ya suena a perogrullo. Por otro lado, se genera otro conflicto cuando el análisis se concentra solamente en la relación entre el actor cultural y el periodista. Por un lado está el interés de algunos de participar en ese hermético grupo influyente que componen líderes económicos y representantes del mundo de las artes. Un afán aspiracional de integrar esa elite que por cuna se le negó al periodista que lo lleva no pocas veces a realizar artículos condescendientes para con la fuente y así acceder a un mundo donde las invitaciones a aperturas de galerías y estrenos de discos son habituales. Donde el periodista se siente “parte de” cuando le llegan libros, películas aún no estrenadas, estrenos de discos y pases liberados a backstage, e incluso tickets aéreos para entrevistar al cantante de moda de forma completamente gratuita. Una ilusión de pertenencia que perdurará siempre y cuando escriba rindiendo pleitesías y finalmente cayendo en el clientelismo y el servilismo. Todos sabemos que el arte y la cultura en general en una sociedad inmadura puede generar el estatus que se le negó a amplios sectores sociales por el origen de su apellido o por el lugar donde nació y por lo mismo, todos hemos visto a algunos periodistas de cultura disfrutar más del “vino de honor” en el estreno de una exposición, que de la exposición misma.

Ante este escenario, todo indicaría que para hacer una propuesta de periodismo cultural con plenas libertades y desapego a lo ya establecido habría que transitar por la vereda de los contenidos alternativos. Claro, a muchos les atrae más la idea de hablar de lo que no tiene cabida en los medios que de los trillados contenidos que nos propone la prensa tradicional. Pero por qué son tan pocos los que se animan a hacerlo. La respuesta es muy simple: el financiamiento. El año 2005, cuando Rocinante dejó de galopar, su directora Faride Zerán declaró a con fina ironía “quizás deberíamos haber sido menos críticos, más cautos, no tan intransigentes ni categóricos en nuestros debates y puntos de vista. Como nos señalaban nuestros consejeros y reiteraban nuestros detractores, un medio en Chile no puede sostenerse si no tiene algo de farándula, una cuota de escándalo, y esa 'bendita' liviandad que permite llegar a todos de manera más alegre, amable, sin tanto 'rechinar' a todos los vientos".

El mercado manda tanto para moros como cristianos. Es poco riguroso dejarle a los análisis cuantitativos el poder total de develar verdades y certezas, pero un ejercicio que puede ser bastante saludable para dar cuenta con lo expuesto por la ex directora de Rocinante es tomar un diario cualquiera, un día cualquiera y fijarse en la extensión que se le da a las informaciones culturales y las de espectáculos, que los editores insisten en imprimirlas consecutivamente, como si la muerte de Benedetti tuviese algo en común con la entrevista a un personaje televisivo prófugo por deudas y estafa. Da lo mismo el diario y el día, la desproporción siempre será notoria en detrimento de las noticias culturales. El argumento más utilizado por los periodistas es que finalmente es el editor y no él, el que hace tal priorización, en una respuesta que por lo general contiene poca autocrítica. En ese argumento no aparece por ejemplo lo poco atractivo que puede llegar a ser en esta área la reactividad de su ejercicio, que en no pocas oportunidades se limita a una transcripción del comunicado de prensa enviado por una galería de arte, la empresa distribuidora de una película o el encargado de comunicaciones de un artista. Pero de la misma forma que hace estragos en el periodismo cultural la poca proactividad del periodista, también lo hace su manera de enfrentarse con la obra cultural.

A qué me refiero con esto, al mal habito de querer “encriptar” los contenidos para proyectar al público y sobre todo a los pares la idea de dominio y conocimiento del tema. La conformación de textos en extremo “aggiornados” con tecnicismos y palabras rimbombantes provoca caer en la descripción, en detrimento de la reflexión e irremediablemente al desinterés del público masivo. Creo firmemente en la responsabilidad del periodista de acercar los contenidos a la gente y esta tendencia no hace más que generar una gratificación personal, más que un aporte concreto, y que al final el texto sea leído por 4 gatos. Estoy en contra de los “ladrillos” porque no hacen más que alejar la cultura de la gente y eso no es culpa ni del sistema, ni de los dueños de medios sino que única y exclusivamente de los periodistas. No estoy a favor de que el periodismo cultural se desarrolle exclusivamente como lo propuso en su tiempo la desaparecida revista Ritmo y hoy en día medios como las revistas Vea o Tv y Novelas, pero tampoco como lo proponen algunos medios arrogantes que circulan con insistencia.

Como dije anteriormente el mercado manda para moros y cristianos, para oficialistas y alternativos. Sin embargo no veo al escenario con el tono apocalíptico que muchos avizoran como destino para el ejercicio del periodismo cultural en la actualidad. Es cierto que hoy en día no goza de muy buena salud ya que producto de la crisis económica imperante hay muchas publicaciones que se han visto obligadas a cerrar o reducir sus contenidos a la mínima expresión, como se puede constatar en la prensa tradicional. No por nada La Tercera debió cerrar su suplemento de Cultura de los fines de semana, para reducirse a un agregado del periódico mismo con el correspondiente despido masivo. En épocas de crisis el hilo se corta por lo más delgado y en este país pareciera ser los contenidos culturales. Aún así veo con cierto optimismo el futuro en esta área y lo veo de la mano con el desarrollo de las nuevas tecnologías, concretamente en internet.

Son muchos los que creen que esta herramienta no fue lo que prometió en sus comienzos y que definitivamente no cambió el panorama de los medios. Yo no lo considero tan así. Creo que la generación de contenidos en esta plataforma ha provocado profundas transformaciones en la difusión de temáticas y en la forma en que esto se lleva a cabo. Ejemplos hay muchos: en la televisión, la inclusión de contenidos de youtube, la exhibición de videos registrados por teléfonos celulares y subidos a la red como parte de reportajes denuncia. Hoy en día no es necesario ser periodista para capturar un hecho que puede encabezar los titulares de un noticiario, sino que lo diga el compañero de colegio que grabó a la buena de Naty, En radio: la proliferación de emisoras comunales que dan cabida a las bandas que no tienen espacio dentro de la programación de las radios sumidas en la uniformalización que les impone los monopolio de Iberoamerican y Grupo Dial. En cuanto a la prensa escrita el cambio se percibe en dos ámbitos: hoy en día los medios tradicionales ven en esta herramienta el espacio para aquellos contenidos que por criterios comerciales no fueron incluidos en la edición impresa, sino que lo diga Chinoy al que le destinaron una buena cantidad de caracteres para el comentario de su presentación de su disco “que salgan los dragones” nada más y nada menos que en Emol de El Mercurio. Bueno, entre paréntesis no es tan raro que un ex punk dedicado al folk pueda ser atractivo para medios tradicionales que siempre buscan lo que va a estar de moda luego. El otro ámbito en que internet juega un rol destacado en la prensa es en la difusión de propuestas alternativas y completamente independiente de los medios tradicionales. Sitios con un fuerte sentido literario como Mondadientes, La Maga, El Mapa y otros más dedicados a la cultura más light y comercial como Saborizante. En total son más de 900 sitios construidos por particulares, colectivos, museos, galerías, círculos literarios, aparato estatal, librerías y bibliotecas que comienzan a sentirse cada vez más cómodo en uno de los pocos medios que ha visto el crecimiento de la inversión publicitaria por estos días

En resumen, ni los atributos ni los vicios del periodismo cultural pasan únicamente por los criterios de quienes manejan los medios de comunicación tradicionales. Echarle la culpa al sistema es lo más fácil y sin duda animarse a tomar las riendas es lo más difícil. Lo interesante es que existen las formas para hacerlo, pero antes que todo hay que saber desde donde lo haremos. Desde donde acercaremos la cultura a la gente. Si es al interior del “monstruo”, el desafío será proponer nuevos contenidos y hacerlos de tal forma que sean de interés para el anquilosado criterio del jefe y no limitarse a lo que diga un comunicado de prensa. Si nos animamos a hacerlo desde la otra vereda, es vital concebir el proyecto de forma integral, ver su forma de subsistencia y no sólo ocuparse en la generación de los contenidos.

Hoy en día están los elementos para que no traicionemos nuestras pasiones y es cosa de nosotros hacerse cargo de ello.




Jorge Núñez

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