domingo, 24 de mayo de 2009

Lengua Disidente

¿Que es ser contracultural hoy en Chile?

La rebeldía a fines de los años 50 y a través de los 60 estableció a América Latina como un laboratorio de resistencia ante el imperialismo y la globalización a un nivel mundial. Fue un momento emocionante cuando los sueños parecían alcanzables, junto con la esperanza de reivindicar casi 500 años de matanza, usurpación y falacia. Pero no. La tragedia no cesó. La rebeldía fue contestada con una ola de dictaduras viles que pretendieron homogeneizar las sociedades en sus respectivos países, pisando con una fuerte opresión cualquier tipo de actividad cultural que no estuviese conforme con los ideales y planes de “reorganización” nacional. Cualquier tipo de pensamiento contrario fue perseguido y castigado.

Y aunque la dictadura en Chile oficialmente terminó hace dos décadas y el gobierno actual asegura estar en una transición, culturalmente el país todavía padece de una dictadura psicológica. Es una dictadura que ya no se ve pero que se siente, que está en el aire, en las clases sociales, en las exclusiones, en las bromas racistas de mal gusto, en el chaqueteo. El país, entonces, está en su momento más peligroso de dictadura, el momento en que la gente cree que vive en democracia y no cuestiona las autoridades, dejando expuesto una población vulnerable a cualquier tipo de manipulación.

¿Pero es todo en vano? ¿Existen formas de sacar esta venda? ¿Existen maneras de luchar contra una condición psicológica? Por supuesto que sí. La respuesta se halla en uno de los motores más efectivos de fomentar el libre pensamiento: la contracultura.
Para distinguir una contracultura de cualquier otra cosa, hay que entender algunas de las características resaltantes que normalmente marcan su verdadera presencia. Contracultura es un estilo de vida que cuestiona, rechaza, y protesta contra la cultura dominante mediante varios canales culturales como el arte, la literatura, la música, y una estética personal. Busca ofrecer una ideología para pensar de una manera distinta y por ende tiene una carga y parada política. Contracultura, entonces, no es anti-cultura, sino una comunidad que niega estar envuelta por la cultura dominante y que cultiva otro sistema de valores.




Los escombros de varias contraculturas antiguas abundan en este país. Hay punk, anarquistas, hippies, hip-hoperos, neonazis, queer, ecologistas radicales, y un montón de tribus urbanas como los dark o góticos. Pero estas ideas de contracultura son bastantes convencionales (una paradoja en sí) y en muchos casos han terminado cooptadas por el mercado. El ejemplo quizás más emblemático es el punk, que empezó como una ideología que no solamente cuestionaba autoridad, sino la rechazaba y la resistía mediante un estilo de vida muy centrado en la música. Pero en un momento el mercado entendió que rebelarse era un ideal atractivo para jóvenes y el punk un negocio rentable para empresas. Por estos días hay todo tipo de mercancía punk, desde zapatillas estilo Converse con el diseño cuadrillé y remaches hasta DVD, poleras, afiches, adhesivos y chapas, muchas de las cuales proclaman que “el punk no ha muerto”. Así entraron miles de jóvenes en el círculo vicioso del consumismo y dejaron de lado una ideología no conforme.

El mercado siempre busca renovarse y en manera eficaz. Entonces gira en torno a lo emergente, lo alternativo, y las contraculturas le ofrecen una fuente variada de ideas para nuevas modas. Pero no toda contracultura corre el riesgo de estar cooptada por el mercado, hay otras culturas étnicas que adquieren características contraculturales mediante sus empeños de no perder tradiciones ancestrales dentro de la sociedad dominante.

Tal es el caso con la cultura Mapuche, el pueblo indígena más grande en Chile que ha resistido fuerzas invasores por más de cinco siglos, desde los Inca a los conquistadores españoles y hasta hoy en día en batalles constantes con las empresas privadas que encabezan las feroces industrias forestales, celulosas, y represas. La resistencia mapuche hoy se manifiesta de dos formas: recuperar sus tierras ancestrales (la mayoría concentradas en la región de la Araucanía o Wallmapu) y restablecer las necesidades fundamentales de la cultura, como tradición e idioma. Las formas de llevar a cabo esta resistencia en el contexto actual es lo que hace esta cultura de resistencia una contracultura.

Cuando escriben en español, activistas mapuche suelen utilizar un tipo alternativo de escritura, que no solamente rechaza el castellano correcto, sino evoca raíces del mapudungun. Por ejemplo, deletrear el nombre de la ciudad Temuco con una “k” en vez de una “c”, o el nombre “Waikilaf” en vez del español, “Huaquilaf”. Tampoco hacen faltan rayados en algún muro de la ciudad que dicen: “Libertad a los presos politikos mapuche”. Otros grupos anti-sistémicos habitualmente también ocupan esta técnica pero la diferencia resta en que el mapuche atribuye el cambio a que el alfabeto mapudungun no incluye la “c” española. Entonces es un tipo de código; es decidir no participar en la sistematización de la escritura establecida y recordar que existe otro idioma, que el establecido no es absoluto.

El lenguaje forma una de las bases de una cultura (o contracultura). Es también una de las maneras más efectivas de organizar una nación y crear una identidad común. Muchos mapuche, sobre todo los que han inmigrado a Santiago, han ido perdiendo su lengua originaria y por eso los activistas mapuche enfatizan una recuperación del mapudungun.
El grupo musical Wechekeche Ñi Trawun es un buen ejemplo de jóvenes mapuche urbanos llevando a cabo un proyecto para rescatar su cultura. Los integrantes, que son diez, ven su trabajo como una resistencia: “Nosotros veíamos como la lengua, nuestra cultura se va perdiendo, entonces dijimos, si los jóvenes no escuchan la música de nuestros ancestros, llevaremos su lengua en la que ellos están escuchando”. Y es así que a través de temas bilingües, en mapudungun y en español, mezclan música originaria mapuche con música popular (como rock, reggae, y hip-hop). El contenido de sus letras se trata de la identidad mapuche, la naturaleza, la discriminación, y las actuales represiones que viven comunidades mapuche en el sur. Su música no es muy rentable para la industria musical entonces ellos mismos sacan sus discos y organizan giras musicales mediante redes de jóvenes mapuche o personas en solidaridad con el pueblo mapuche. El compromiso aparece sincero, pues no buscan hacer negocio con su resistencia, sino fortalecer bases culturales dentro de los mismos integrantes de su cultura.
De igual manera la cultura mapuche corre el riesgo de estar institucionalizada, pero no por una moda barata ni con objetos que el mercado puede capitalizar. No, el Estado lo hace de una forma mucho más sutil y mediante concesiones de departamentos gubernamentales, como Conadi. Exceden las organizaciones mapuche que son reconocidas legítimamente ante la Conadi y también exceden las críticas de éste. Una de las más potentes apunta a que Conadi ofrece recursos concursables, causando una separación entre organizaciones o comunidades mapuche que postulan. En este sentido la solidaridad entre tales agrupaciones de activistas disminuye y sus acciones vuelven a tener menor peso.

Rescatar una cultura étnica no es la única forma de ser contracultural en Chile. La cultura hip-hop, que aparece en el país en los 80, es una cultura intrincada y rica que ofrece un canon positivo para muchos jóvenes buscando escapar la negatividad. No es solamente un género musical, es un estilo de vida que incorpora cuatro elementos: el rap, el DJ, el breakdance, y el grafiti. Con sus raíces en los guetos de EE.UU., empezó como una forma de canalizar una marginalización, frustración, y muchas veces denunciar conflictos raciales todavía presentes en ese país. Aunque hoy en día el hip-hop en EE.UU. se ha masificado a un nivel asqueroso, cambiando todos sus valores de resistencia a valores materiales y sexuales (poto y tetas), los hip-hoperos en Chile han mantenido relativamente las rebeldes características principales, y las aplican a problemas chilenos. El grupo Subverso es uno de los más conocidos que impulsa esta marea hip-hopera. Busca verbalizar la lucha y articular problemas sociales a través de rimas. En este sentido da poder a los que antes no tenían voz, algo que no ofrece la educación institucional en este país donde la palabra lleva mucho peso.

En la última mitad del siglo Chile ha creado una imagen de ser un país de poetas pero el campo poético acá está muy cerrado y la poesía en sí no es un género literario muy rentable para las editoriales. Respondiendo a la industria cultural y todas las restricciones impuestas por ella, existen muchos poetas que realizan sus propias editoriales, produciendo ediciones artesanales de sus obras, de fotocopia y corchete. Esto para producir un libro objeto y para circular lo que escriben, aunque sean chicos los círculos. Pero en esa misma acción están creando un vínculo entre poetas, entre una comunidad que realiza su obra de arte de manera muy auto-gestionada y marginal.

“Moda y Pueblo”, creada y difundida por Diego Ramírez, ejemplifica este tipo de editorial independiente. Ramírez también dirige talleres de escritura creativa, las cuales culminan en la fabricación de un libro artesanal. Pero los talleres no son solamente talleres de escritura, han formado un colectivo de arte bajo el mismo nombre de la editorial y realizan intervenciones poéticas en la calle, provocando con sus escrituras e ideologías en un espacio público. Este accionar es similar a lo del hip-hop, ofreciendo alternativas de la educación institucional para crear poder verbal y cuestionar autoridad. Además la poesía de Ramírez se trata de temas tabú en la sociedad chilena, como por ejemplo la historia de un amor homosexual, que produce una ruptura en el mundo literario chileno que está dominado por la masculinidad.
Ser contracultural es ser disidente. Significa también tomar riesgo y provocar. Y este accionar está ocurriendo en Chile dentro de varias comunidades contraculturales, algunas con el fin de conseguir autonomía cultural y otras creando bloques intelectuales que se enfrentan con los paradigmas de la sociedad chilena. ¿Pero tienen la capacidad de cambiar esos paradigmas? No lo sé. El consumismo y la dictadura psicológica en Chile mandan de manera feroz. Lo cierto es que integrarse en una contracultura ofrece un portal para empezar a pensar en esos problemas y dudar lo ya establecido. Es el primer paso hacia una sociedad mejor.






Thomás Rothe

No hay comentarios:

Publicar un comentario